Dirígete a http://www.asunciondemexico.com/

martes, 1 de febrero de 2011

PRIMER LUGAR "CONCURSO DE CUENTO HISTÓRICO" DE LA UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA


El Grito de los Silenciados DE GERARDO SALDAÑA

Veracruz, hermoso lugar sin duda alguna, lleno de bosques exóticos que dejan anonadados hasta a los más veteranos exploradores que los vean, con ríos por doquier, ríos caudalosos que pasan por las bellas ciudades de Río Blanco, Santa Rosa y Orizaba. Éstas ciudades, dentro de su hermosura, esconden una turbia y oscura historia, pero esa historia no se cuenta en público, sólo se cuenta entre susurros, en las sombras, se cuenta en las miradas de los viejos que la vivieron pero nadie que valore su vida se atreve a contarla en público, porque nada de lo que sucede en esta historia “sucedió”, nada de ésta historia se publicó en los diarios del país, ninguno de los muertos de la masacre de Río Blanco pasó a engrosar la lista de defunciones del Estado, pero todos ellos son recordados en el silencio, un silencio que lucha por gritar a los cuatro vientos las injusticias cometidas contra la clase de los reprimidos, de los olvidados, la clase de los obreros mexicanos del Porfiriato. Ésta es su historia.

Es el año de 1906, José Neira Gómez llega a la ciudad de Orizaba, admira la siempre colorida y entrañable sierra veracruzana mientras está en el andén de descarga de Ferrocarriles de México, voltea al lado contrario e inmediatamente comprende el por qué del orgullo de los empresarios al hablar de “nuestros complejos industriales”; simplemente la fábrica de Santa Gertrudis, la cual se encontraba a lo lejos y aún así se veía tan cerca, ocupaba más espacio que un pequeño pueblo, eso sin contar los terrenos adyacentes, generalmente cultivos de algodón de un blanco que deslumbraba los ojos como si de un espejo al sol se tratara.
Sin embargo, la mezcla entre los humos exhalados por aquellos monstruos industriales, con el aire fresco proveniente de la sierra daba una extraña sensación de encierro que a Neira le resultó un tanto nostálgica. Tomó el tranvía que se dirigía a los pueblos de Huiloapan, Nogales y Río Blanco, éste último poblado era su objetivo.
José siempre fue un buen empleado, excelente obrero textil, pero su habilidad nunca le dio más recompensa que a cualquier otro trabajador mexicano, siempre cubriendo su jornada de 14 horas para recibir un mísero pago de 75 centavos diarios, el cual se iba en la renta de su cuchitril, al que la empresa llamaba “hogar”, el dinero que restaba terminaba en la tienda de raya, “¡Maldita tienda que nos roba lo poco que nos queda!” escucharía decir José a muchos obreros durante su estancia en el pueblo. José, a pesar de tantos abusos en contra suya y de sus amigos, siempre fue un hombre de interés y servicio social, y ésta conciencia de la realidad que se vivía se vio reflejado en su afiliación al Partido Liberal Mexicano, el partido de las promesas, de las ideas, del cambio, pero siempre silenciado por el poder invencible del gobierno del presidente Díaz.
José se ofreció para ser enviado a Río Blanco para dar informes al Partido acerca del trato que se le daba a los obreros en ésa región de la República, y ésta información la obtendría brindando sus servicios a la Fábrica de Hilados y Tejidos de Río Blanco, la cual estaba a cargo de un inglés de mirada penetrante que vigilaba con ojo de halcón a los 2 300 obreros que trabajaban en su fábrica, su propósito era difundir propaganda política entre los obreros, para comenzar a sembrar la semilla de la rebelión, crear organizaciones clandestinas que rivalizaran con las poderosas empresas que esclavizaban al mexicano pero apoyaban al extranjero, “¿Buen gobierno?, ¡Ja ja!”, así se reían los obreros al escuchar los discursos de los políticos acerca del famoso pero inalcanzable progreso.
Con éste panorama y con éstos propósitos llegó José a laborar, dispuesto a trabajar honorablemente por el día y por la noche conspirar contra su patrón extranjero; así comenzó a cultivarse la semilla de la lucha por la libertad a Río Blanco, por supuesto que nadie sabía de su afiliación liberal y mucho menos de sus ideologías magonistas, por eso fue que Míster Hartington, al ver su informe de actividades anteriores, aceptó gustosamente al que creía sería un obrero que diera grandes dividendos a la empresa pero sería la perdición de ésta.


Llega a su casa, con razón se habla tanto de las condiciones de vida de lo obreros; cuatro paredes de adobe con un techo que amenaza con caerse con la más mínima lluvia, ve hacinados a más de 15 obreros en 7.5 metros cuadrados. “¿Pagamos renta por esta casa de cerdos?” – Se preguntó innumerables veces José al ver su casa – “El Partido tiene tanta razón acerca del capitalismo y su monstruo manufacturero que engendra más esclavos y marginados que prosperidad.”
José despierta, no ha salido el sol, acude a su primer día de trabajo y en el camino alguien se le acerca y lo saluda: -¡Buen día, señor Neira!- dice un hombre que al parecer también acude al mismo lugar. –Buen día señor, ¿Lo conozco acaso?- Obviamente ésta era una cara nueva para José, pero entre ciertos círculos obreros simpatizantes e incluso militantes del PLM ya se tenía la información de que un obrero de nombre José Neira sería enviado por los altos mandos del Partido llegaría a laborar aquél día, - Mi nombre es Porfirio Meneses, servidor – No estaba nada mal que hubiera un compañero tan simpático en aquél pueblo de fábricas que parecía más un feudo de esclavos, pobreza y telas finas en lugar de un ícono de progreso y desarrollo. Juntos acudieron a la fábrica de tejidos y comenzaron a trabajar, José en la sección de Telares, mientras Porfirio se dedicaba a teñir de diferentes colores el amplio inventario textil de la fábrica, aquél primer día no le dio una buena impresión, y es que sucedió la desgracia de una niña inocente que murió entre los telares industriales, una pobre criatura de no más de 11 años que no volvería a casa con sus padres, ése era el precio de la prosperidad y de “las mejores telas de la zona centro del País”, telas teñidas no sólo con Rojo 22 y Amarillo 45, sino con la sangre de obreros que morían entre máquinas inmisericordes que funcionaban sin inmutarse ante las más horrendas desgracias.
Su turno de más de trece horas ha terminado y José desea dormir más que nada en la vida, llega a su colchón viejo, se acuesta y se duerme, sueña con otro mundo, un mundo donde los trabajadores fueran respetados, fueran dueños de sus propias vidas y donde sus muertes no quedaran impunes, y sólo por una noche en ése pueblo, José durmió feliz.
Pasa el tiempo, los días ya no son tan abrumadoramente calientes, las estaciones están cambiando, pero su vida sigue igual; obreros mueren y obreros llegan, aún así la suerte ha sido benévola con él y sus amigos y es que ellos todavía se levantan todos los días, Porfirio y él han recibido órdenes del Partido: propagar la ideología liberal. Pero la empresa es muy dura en el control de obreros y en la detección de propagandas; , aún así decide comenzar una campaña entre las sombras para formar una organización obrera junto con sus amigos y simpatizantes, no solamente platican y discuten acerca de los problemas que aquejan al pueblo, sino que comienzan a organizarse para protegerse, iniciándose así el primer sindicato clandestino de Río Blanco, lo decidieron llamar “Círculo de Obreros”. Los obreros comienzan a enterarse e inmediatamente pasan a engrosar las filas del sindicato, todos ellos han encontrado una manera de llenar, no sus estómagos, pero sus corazones de algo más que la angustia y tensión del trabajo en las fábricas, siempre se reúnen en pequeños grupos, ha iniciado la organización de la defensa de los derechos laborales y humanos, el movimiento obrero ha nacido.

Adolfo Rosal ha llegado de Córdoba, hombre de baja estatura, moreno, algo entrado en años pero de apariencia inofensiva, hombre sociable a quien todos le confiaban sus secretos, ingenuos. Adolfo no es nada más que un espía del Gobierno al servicio de la Compañía, a decir verdad es el mejor espía del general Díaz, y es que el Presidente tiene especial interés en la Compañía no sólo porque atrae gran inversión extranjera sino porque el mismo mandatario es un fuerte accionista que vería su economía muy mermada de haber una revuelta obrera en semejante complejo industrial, desde un principio el buen Rosal informó a los enviados del Gobierno y a Míster Hartington acerca de éstas muy sospechosas reuniones clandestinas, sin contar con el extraño comportamiento de los trabajadores; ahora eran dóciles, demasiado dóciles, parecía como si una extraña calma hubiera invadido al pueblo, algo se está fraguando en la oscuridad, obviamente nadie sospecha del buen hombre hasta que el día planeado. El buen Adolfo obrero desaparece para convertirse en despiadado jefe de policía que dio a conocer una orden general que prohibía toda clase de visitas, reuniones o cónclaves so pena de prisión, aparte muchos miembros del recién formado sindicato son encarcelados y un semanario liberal muy popular entre los obreros fue clausurado. Justo cuando la huelga iba a comenzar, ¡No podían pedirles a los obreros que dejaran morir a sus familias de inanición! – ¡Maldita sea!- piensa José más de una vez en que ve a sus compañeros ser encarcelados e incluso desaparecidos en la más grande impunidad. “¡Por eso México nunca relució! Si nosotros mismos no podemos unirnos, no podremos pelear” era la consigna de Neira y de los obreros de Río Blanco, al menos de esto no se enteró la autoridad, pequeña victoria entre mil derrotas.

“¡Huelga, huelga!” era la consigna de los más de seis mil obreros que en Río Blanco decidieron hacer un paro laboral, apoyados por sus hermanos de Puebla, Tlaxcala e incluso el Distrito Federal en aquél 6 de diciembre de 1906; a pesar de los mandatos oficiales y las órdenes generales los obreros decidieron gritar al mundo que no permitirán más impunidad, más muerte, más esclavitud. José está exultante y los obreros esperanzados.
Tres semanas han pasado y no hay respuesta del gobierno, pero los estómagos de los obreros ya crujen, dos meses después de acabar toda posibilidad de encontrar comida; frutas silvestres del monte, pequeños animales o roedores y raíces han sido sus únicos alimentos, José y Porfirio, en calidad de emisarios del “invencible” movimiento, solicitan, a Díaz, el enemigo explotador de obreros, que investigase las precarias condiciones de vida de los trabajadores. La esperanza resurgió al ser atendida la llamada, pero los la ilusión fue muy lejos al creer que Díaz los apoyaría; envió a un inspector de policía que parecía más estudiante de Medicina que detective, hizo una búsqueda que parecía más visita turística que concluyó en el fallo a favor de Míster Hartington. Él simplemente se rió en las caras de los trabajadores humillados, mientras leía el laudo del presidente Díaz, que ordenaba total e incondicionalmente a los obreros acatar las órdenes de la empresa y uniformiza los salarios, entre otros infames artículos -¡You fools!- Haciendo alarde de su inglés, -Creyeron que iban a quebrar a la Compañía, pero la Compañía los quebró a ustedes-.
Los obreros intentan volver a sus actividades, pero sin comida no hay fuerza y sin fuerza no hay trabajo y, como todos bien sabían, sin trabajo no hay dinero, el trabajo es agotador; el hambre, implacable y enloquece hasta al más cuerdo.
Margarita, mujer humilde pero siempre risueña, trabajadora incansable que sólo quiere ver sonreír a sus 4 hijos, nunca se enoja ni mucho menos reclama.
Le es rechazado su vale en la tienda de raya – “El vale venció hace 5 minutos” – dicen que le dijo el descarado vendedor riendo entre dientes a ella, que sólo pedía comida para su gente y que por respuesta sólo obtuvo una siniestra sonrisa, esa cínica mueca del vendedor rompe algo en su interior, tal vez el hambre y la furia le vencieron, pero Margarita arenga a la masa hambrienta a tomar la tienda de raya. “Hay mexicanos matando mexicanos, mexicanos dejando en el hambre y miseria a más mexicanos” dijo José días después de esa noche trágica, al menos Porfirio le informó a tiempo de los disturbios, los obreros habían incendiado la tienda de raya e iniciaban una campaña de ludismo descontrolado, la respuesta no se hace esperar, es lo que más quería el Gobierno, quien, en previsión de un acto por el estilo ya había acantonado a grandes contingentes de soldados del ejército regular en zonas donadas por la misma Compañía, los cuales nada más ser informados del supuesto “motín” salieron a las calles; no a dialogar, no a capturar liosos, no a someter a los cabecillas, sino a matar indiscriminadamente. Las otrora bellas calles de Río Blanco quedaron manchadas por siempre de la sangre de los oprimidos que alzaron su voz. El color de la sangre se quitó de las losas de la calle pero no de las memorias y corazones de los testigos, víctimas y verdugos; aún no se sabe cuánta gente murió en aquél arrebato, pero supera los cientos y se estimó que se llegó a los miles, pero nunca se sabrá con certeza porque los cuerpos al ser recogidos fueron inmediatamente embarcados en vagones de tren y enviados a Veracruz, donde fueron lanzados al mar; sin sepultura, sin memorial, sin familiares, sin lágrimas, con el mar como único testigo mudo del asesinato más impune de la era porfiriana: el asesinato de la libertad.
José sobrevivió, pero su lucha por la igualdad murió con sus compañeros, de ahora en adelante viviría trabajando para la empresa que intentó destruir, al final se convirtió en el esclavo del Sistema que quiso vencer, el creyó que nunca más se recordaría su hazaña.
Pero pronto eso habría de cambiar, la gente recordaría su movimiento, los hombres se indignarían por el abuso, la esclavitud y la opresión de los obreros, de las cenizas del movimiento de Río Blanco surgiría una llama incandescente que nadie podría parar: la llama de la Revolución.

martes, 9 de noviembre de 2010

Página Marcada


La extrañaba, mucho. Cuando acabé de empacar sus cosas sentía una nostalgia impresionante, no sólo por ella, su pelo, sus negros ojos, sus carnosos labios, sus suaves manos y su agradable cintura, sino también por sus cosas. Los maquillajes que eran muchos y nunca usaba, la copa en la que aún se notaban sus huellas, las muñecas de trapo que cuidó desde su infancia, sus roídos guantes con los que me acariciaba, toda esa ropa que todavía olía a ella, y esos libros. Si no hubiera decidido quedarme con sus libros nunca lo habría notado. En mi viudez ya ni siquiera valía la pena saberlo.
Guardé únicamente esos viejos libros, después de años de apego sentimental doné todo lo demás a la beneficencia. Ni siquiera sé porque me quede con ellos. Yo no leo. Cuando vi mi casa vacía y sentí su presencia y olor desparecer, abrí su libro favorito, era uno sencillo repleto de cuentos de tradición oral escandinava. Leí uno de los cuentos, lindo, simple. Después me di cuenta que había un fino papel marcando una de las páginas que hacía mucho no eran leídas.
Era una fotografía. Tardé en entenderlo y cuando lo hice rompí en llanto, se acabó la melancolía, se fundió mi nostalgia, reventó la tristeza y explotó en algo más grande. Pero seguían ahí, no sé, aún la extraño, mucho pero la odio, odio su recuerdo, odio esa foto, ella, casada conmigo, besando a mi hermano, Miguel.

viernes, 15 de octubre de 2010

Un General no tan Nacional de Gerardo S.

Sale el sol y el General, ex presidente, héroe y villano, Trinidad Anastasio de Sales Ruiz Bustamante y Oseguera, admira ese día soleado, ese 6 de septiembre de 1853. Recuerda con cierto descaro todas las fechorías, las traiciones y ¿por qué no?, también sus triunfos. De repente, comenzó a ver su vida, pero no con sus ojos ni con los de nadie más, sino con los del destino, aquel destino que, aunque nunca visto, siempre determinaría para bien o para mal el curso de las vidas, de la historia, de aquel hombre postrado en una cama del pueblecito de San Miguel de Allende.
Su mente podía recordar hasta las más vagas memorias, por más tontas, ilustres o atemorizantes que fueran y lo mejor de todo es que el tiempo pasaba con una lentitud exquisita, ni muy rápida como para no dar cuenta de los actos, ni tan lenta como para perder la noción del tiempo.
Sus recuerdos comenzaron a aflorar en un día soleado, con algunos pacientes en el hospital donde él trabajaba, su profesión original había sido la Medicina, aunque él siempre sintió cierta inclinación por lo militar, nunca supo por qué, no por sádico, sino por el ingenio que requería.
¡Cómo añoraba su infancia con sus amigos en su querido Jiquilpan, Michoacán! Pero ya había pasado casi una vida después de eso. Sin embargo, no se podía quejar después de semejante vida que tuvo. Probablemente no hubiera pensado en su realidad presente, mientras estudiaba en Guadalajara la “honorable” carrera de Medicina en la Real y Pontificia Universidad de México; ¡cómo se rió aquélla vez que a su amigo Valentín Gómez Farías, compañero de aula, gritó como un bebé sin su madre cuando, al realizar una autopsia, el estómago hinchado del muerto explotó rociando a su desafortunado amigo de una asquerosa mezcla entre comida sin digerir y lo que parecía ser pus y jugos gástricos! Ahora, tras conjurar ese recuerdo, éste hombre ya decrépito, hizo una mueca que sería muy probablemente una sonrisa nostálgica.
¡Qué alegría tuvo ese día en que se tituló como médico! Al parecer tenía talento para eso, al menos tendría pan en su mesa, a diferencia de los sirvientes que iban todos los días con desgana a las casas de los nobles de la ciudad.
Probablemente su vida habría transcurrido de una manera muy llevadera como director del Hospital San Juan de Dios, buenos tiempos aquellos, conociendo gente distinguida, como Don Félix María Calleja, por medio de su esposa Doña María, encantadora mujer, pero no de su tipo: él prefería a las jóvenes solteras.
El Sol ya había salido completamente, pero debían de ser aún las 7 de la mañana y Anastasio decidió ir a pasear por los jardines de los alrededores, el tacto de las flores y el sonido de los insectos que, despertándose de una húmeda noche comienzan sus tareas diarias, le trajeron el olor a curaciones herbales en el hospital que dirigía en Guadalajara; los indígenas, había que reconocerlo, eran buenos herbolarios aunque algo atrasados. Recuerda que fue una de esas tardes tranquilas en las que aprovechaba para salir a dar la vuelta cuando llegó un mensajero para informarles de la infausta noticia de la invasión de los incontables Ejércitos Napoleónicos a España, menos mal que ellos estaban del otro lado del mar, pero al parecer en su querida Nueva España ya había quienes se querían aprovechar de la situación. Ese día soleado, aún con el olor a hierbabuena y manzanilla, Anastasio Bustamante decidió cambiar su suerte de galeno por el olor a pólvora y cuero mojado. Se preguntaba, mientras firmaba su enlistamiento a las fuerzas realistas “¿este camino será el correcto?” Sonrió para sus adentros, “no, no lo fue”.
Era un día cualquiera, el ahora Teniente don Anastasio se despertó al sonar las trompetas, terribles noticias, 30 deserciones durante la noche. Su ánimo realista flaqueaba, ¿de qué le había servido tanto tiempo de penurias si sólo veía cómo las filas de sus tropas iban achicándose a una velocidad alarmante, y por si eso fuera poco, sus soldados morían por los ataques insurgentes o de las enfermedades cada vez más mortales y numerosas?
Ya iba subiendo el Sol y don Anastasio comenzaba a cansarse, ¡cómo añoraba los viejos tiempos en los que cabalgaba con todo un regimiento de dragones al encuentro de insurgentes, realistas o texanos, bellos tiempos aquéllos! Decidió volver a su cuarto porque igualmente sus pulmones no podían soportar tan “larga” caminata.
En la larga mañana de ese memorable (al menos para los demás) 10 de febrero de 1821, Anastasio Bustamante, vestido con galas de fiesta, observa no con cierto desdén aquél abrazo entre Agustín de Iturbide, su general, y Vicente Guerrero. Aquello le dio asco, le recordaba a una amante que tuvo que simplemente le engañó con un marinero frente a sus ojos, no pudo soportar la ira y en ese momento y con su propio sable mató a aquél pobre marinero. El único inconveniente en éste caso es que no podría matar a su General ni a Victoria, porque acabaría en el suelo muerto, atravesado por demasiadas balas para poderlas contar. La venganza se la cobraría en frío. Pero para qué pensar eso en un día tan bello, mejor se iría a acostar y dormiría una apacible siesta soñando en sus años como comandante en jefe de realistas, insurgentes y, posteriormente, mexicanos independientes.
− ¡Fuego! −Ordenó− ¡Ataque con caballería! −El General Anastasio Bustamante, ahora insurgente por contrato, dictaba órdenes. ¡Qué bien se sentía el poder!, tal vez algún día podría tenerlo en mayor proporción, pero paciencia, paciencia…
−¡Mi general! Nuestras tropas no pueden tomar la iglesia− En sueños, Anastasio suspiraba como lo hizo esa vez que no podía sacar a la chusma de realistas de una iglesia de Azcapotzalco, cuando lo salvó aquel soldado, ¿Cómo se llamaba? ¡Ah claro!, Encarnación “Pachón” Ortiz, que intentando conquistar él solo el atrio de la iglesia, fue asesinado por 100 fusiles realistas. Sus tropas, no por órdenes sino por furia y convicción al ver a su compañero morir por la causa, tomaron la iglesia a golpe y bayoneta, qué suerte tuvo, aquella escaramuza fue la última batalla antes de la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México. Aún a sus 73 años, portaba la insignia de distinción militar que su General Iturbide le puso en el pecho ese mismo día ¡Ah cómo extrañaba a su general! Pero bueno, al pasado no se le mira con nostalgia sino con orgullo y así fue como despertó de golpe, más por orgullo que por miedo: aunque su enfermera sí se asustó, ya estaba acostumbrada a esos ataques de orgullo del otrora legendario Anastasio Bustamante.
−Señor, ya es hora de que venga a comer un poco− le pidió amablemente la enfermera al ensimismado general (así se hacía llamar aunque no pudiera ni subir las escaleras) pero Anastasio no deseaba comer, ¡Deseaba derrocar a Guadalupe Victoria!, ya le cobraba la deuda de honor que le debía. Y después de desterrar a su General no se libraría de ésta, y de hecho no se libró, su fama de implacable se hizo patente cuando sin piedad mandó fusilar al Presidente de la República. No por nada se ganó el apodo de Anastasio Brutamante, pero un simple apelativo no le hacía parar hasta que llegara a su propósito. Miraba la sopa que comía ¿A qué había llegado esto? Perdió el hambre y se fue a su cuarto a leer su diario. “Malditos, no saben qué es lo bueno para ellos, sólo saben llorar (…) nadie podrá resistirse a mí”. Probablemente aunque hubiera sido un Presidente legítimo le hubieran escupido en la cara, ¡Maldito Santa Anna! No sabe que soy yo quien manda y nadie, ni los estadounidenses podrían interponerse a su mandato aunque, recordaba con algo de melancolía, con un dejo de ironía, que fueron sus mismos compatriotas quienes lo quitaron del poder, pero al menos aprendieron que se necesita una mano dura y tropas suficientes para mantener al país en pie.
Se ponía el Sol, no sabía que había hecho antes, pero estaba acostado en su cama con gente a su alrededor, al parecer un sacerdote hacía una especie de oración, no se podía mover y no distinguía las cosas, todo se iba haciendo oscuro, o blanco, no sabía qué colores percibía ni el tiempo que pasaba, sólo veía su vida en un abrir y cerrar de ojos y sin embargo no veía nada. ¡Qué bello viaje aquél que hizo en Europa después de que el desgraciado de Santa Anna lo desterrara! Hermosos castillos, le habría gustado comprar uno de esos y regalárselo a esa dama tan hermosa ¿era casada o soltera, amante o prostituta? Lástima que no pudiera ver cómo acababa el país que él, Trinidad Anastasio de Sales Ruiz Bustamante Oseguera, con sangre y sudor, con furia y frustración, había forjado, no sabía que había pasado, pero de inmediato supo lo que vendría enseguida, ¡Qué ironía! Haber matado a tantos hombres para acabar muriendo él mismo de una manera tan aburrida. Al menos había escrito su testamento y sería llevado con su Generalísimo. Al final de sus recuerdos no había más que recordar y justo cuando no había nada más por recordar, no habría nada más por vivir.

Blog encantador

Les recomiendo ver el siguiente blog
http://acentosperdidos.blogspot.com/

viernes, 10 de septiembre de 2010

La noche estrellada


Maestro dio la última pincelada de la tanda y retrocedió a observarnos de otro ángulo. Ahí estábamos, nos llamaba: cipresillos, hijos míos, su equilibrio es vital en este magnífico retrato y ya verán que no serán la sombra del cuadro. Nosotros, tranquilos, después de dar un largo suspiro, nos rendimos de nuevo a las manos del maestro, quien determinadamente, pincelazo por pincelazo dibujaba nuestra realidad.

“Amigos” nos dijo, muchos amigos tendrán, pero todos serán amigables y tendrán respeto para que este retrato tenga equilibrio. Era demasiado tarde cuando nuestra estatura fue revelada por las altas montañas que nos rodeaban, de nuevo nos sentimos pequeños en nuestro mundo. “tranquilos” nos dijo… recuerden que ustedes son parte esencial de la obra, las montañas son sólo necesarias para darle perspectiva al cuadro y para que todos vean lo bonito que es este lugar secreto donde ustedes viven.

El maestro nunca explicó que nuestro abuelo estaría dentro del retrato, por lo que de la nada nos vimos aún más mediocres con la inmensidad de nuestro abuelo, el gran ciprés. Y eso no fue todo, no, agregó unas cosas brillantes que parecen el gran sol pero con la intensidad de éste repartida en millones de estas llamadas “estrellas”.

Ahora sí no podíamos más, éramos lo más oculto y mediocre del cuadro, nosotros, árboles, pequeños, comunes, con deseos de que la gente nos conociera, y no sólo nos viera por un cuadro de un artista deformado. Fue entonces que decidimos hacer nuestra atenta queja.

-“tranquilos” dijo el maestro, con el mismo ritmo con el que da una pincelada, ¿qué no ven lo especiales que son? este retrato no será famoso, y aunque lo fuera, ninguno humano pensará que es un lugar real, ya que es demasiado perfecto, pero ustedes serán esa referencia, el cuadro de los cipreses.

Los cipreses jamás supieron que su atento maestro los traicionó y decidió ponerle un nombre que favorecía más a la luminosidad del singular retrato.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Manos dibujando



Todo surgió de la idea de ser alguien, de la posibilidad de crear y de crecer, todo surgió de la idea de ser. No te puedo decir quién soy ni cómo soy, no te puedo decir mi edad, ni mi color, no me puedo describir físicamente, porque no tengo físico. Aún así soy yo y tengo esa idea, ese sueño de ser.
Empecé a hacer, me costó mucho trabajo y muchos años el poder crear algo. Era algo pequeño, sin chiste, sólo unas cuantas rayas, pero con ese poco puede gritar:
- ¡Hola!
- Hola
Me respondió el eco, no había nadie a mi alrededor, sólo un vacío inmenso que me aplastaba y que yo intentaba tapar. Conforme más creaba, más fácil me era crear. Así pasaron dos largos años hasta que volví a gritar:
- ¡Hola!
- Hola
Me volvieron a contestar, pero esta vez no fue el vacío quien me contestó…

miércoles, 1 de septiembre de 2010

"HOJA SUELTA" DEL IAM: Historia de un color

"HOJA SUELTA" DEL IAM: Historia de un color

"HOJA SUELTA" DEL IAM: Historia de un color

"HOJA SUELTA" DEL IAM: Historia de un color

Historia de un color

El mundo no siempre fue un lugar lleno de colores, hacía muchos años, todo era negro. Todos lo que vivieron en esa época dicen que era un mundo lleno de oscuridad, todos menos uno. Éste no era un hombre importante, era común y corriente, tenía un trabajo, una mascota y una casa de dos pisos, un hombre común decían algunos. Pero éste hombre escondía un gran secreto, él conocía a todo ser vivo, y conocía todo de ellos. A él no le importaba que todo fuera negro, al revés, para él esto era una fortaleza, la fortaleza que escondía, él era el negó.
Ana Sofía V.

lunes, 2 de agosto de 2010

El talento musical es una conquista, un bien innato por María E.

Un músico en el más elevado sentido de la palabra puede descifrar a primera vista un fragmento para piano, una pieza de canto, algunas páginas de partitura, un inagotable repertorio o un espectáculo que presenta la sucesión de grandes dinastías artísticas.
Por otra parte se ensanchan los horizontes musicales presentándonos a un gran maestro del arte. Su nombre está en boca de todos, de sus grandes obras hablamos continuamente, para unos quizá sean las pasiones más vivas de nuestros días, antes o después de las preocupaciones políticas.
Cuánta importancia y trascendencia ha adquirido en nuestro siglo la música, hasta el punto de poder afirmarse, no sólo como arte que a todos precede y absorbe, sino el único que apasiona; el más amado por todos, los grandes, pequeños, sabios e ignorantes.

Sosteniendo la batuta con solidez y elegancia, suspira y siente un apasionante escalofrío que recorre todo su cuerpo, entra al proscenio decidido a dar un gran espectáculo; la audiencia, entre aplausos y silbidos, se pone de pie para recibirlo. De espaldas al público, da inicio… puede sentir afabilidad en una flauta, aspereza en una corneta y un sonido estremecedor de los platillos al hacer contacto. Entrelazando diferentes resonancias.
El coro y la orquesta atentos a todos los movimientos, comienzan a intercambiar la fogosidad y el talento que se requiere.
De reojo percibo aquel niño dormitando en la localidad cincuenta y dos, del otro lado de la sala, una joven con una actitud que transmitía fastidio y desgana; enfrente de mí un pequeño exasperado preguntando a su madre ¿a qué hora acaba? ¿cuánto falta? la madre responde bruscamente ¡Shhh! Ya casi.
Se alcanza el clímax en el acto III, Carmen intenta llenar de celos a Don José con la relación que tiene con el apuesto torero Escamillo.
Llega el VI y último acto, pero es pausado por un intermedio. Las luces permanecen apagadas. Se notifica la tercera llamada y la gente principia a acomodarse, se vuelve a retomar el ambiente dejando que la música se filtre a través de los oídos.
Empieza la acción en escena con la corrida de toros en Sevilla; Escamillo dedica la faena a su amada. Es portentoso el anuncio que hace el programa, la muerte de la atractiva y provocadora imagen de Carmen.
Con binoculares enfoco a los talentosos músicos, cambian y cambian las páginas, parece que el concierto es agotador e interminable. Del otro lado del recinto observo a los magníficos solistas los cuales logran apoderarse del escenario. Al finalizar, el coro y el cuadro de danza agradecen al director de orquesta Xavier Ribes y a la orquesta, después al público presente. Entra el director de escena José Antonio Morales, la famosa coreógrafa Ma. Antonia y la diseñadora de iluminación Rosa Blanes Rex. Nos pusimos de pie como muestra de respeto y satisfacción al excelente trabajo, aplausos y más aplausos, era abrumador. Después de 3 horas acompañadas por la música del compositor Georges Bizet, me daban ganas de escuchar más y más, hasta que el tímpano detonara por la música que me prorrumpía e incorporaba con gran poderío y fuerza.
Algunos comentarios que escuché cuando iba caminando sobre la acera fueron de tan poco ahínco como, ¡qué bueno que se acabó! Casi me duermo, está muy larga, no me gustó. Continué el camino, mi mente estaba repleta por las voces y las entonaciones que claman ser escuchadas, tienen un valor artístico y esencial donde lo pasado puede mezclarse con lo actual, aquellos que renacen las grandes obras de grandes compositores.
La importancia de conocer y estudiar a cada uno de los amantes de la música clásica, así como sus importantes y vocalizadas obras; no son ellas las que nos han olvidado; al escucharlas las revivimos incansablemente, son ellas también, las que vivirán. Siempre y cuando haya alguien que las recuerde con prez.
Portar una bandera y llevarla en lo más alto. Salvando los nombres y las creaciones de estos magníficos maestros del arte.