Espacio en donde encontraremos ejemplos del ejercicio de creación literaria de los alumnos
Dirígete a http://www.asunciondemexico.com/
jueves, 3 de diciembre de 2009
martes, 1 de diciembre de 2009
Continuación... La visita de la abuela

Bajando despacio las escaleras saqué la cabeza de entre las cobijas. Escuché cómo iba a la cocina y se servía un poco de té que siempre tenía mi mamá preparado en una tetera sobre la estufa.
En mi mente la vi que se llevaba la taza al comedor, la ponía sobre la mesa y se sentaba a tomarse la bebida.
Después, ya no oí nada. Al día siguiente mi mamá bajó primero, lanzó una exclamación. mi papá y yo bajamos rápido y la vimos parada frente a la mesa del comedor. nos miró y preguntó:
-¿Alguien sacó anoche la taza de la abuela y se tomó un té aquí en el comedor?
Mi papá y yo nos miramos. Él no entendía nada, pero yo sí. La abuela había estado la noche anterior en la casa y hasta me había acariciado el cabello. Pero la abuela había muerto el mes pasado.
martes, 17 de noviembre de 2009
LA VISITA DE LA ABUELA por Ximena H. (primaria)

La visita de la abuela por Ximena Hernández Torres
Le pedí que regresara cuando fue al otro mundo. Vino a visitarnos aunque la verdad, yo nunca creí que cumpliera su promesa. Era de noche, y ya estábamos acostados. Creo que sólo yo la oía. Entró a la casa suavecito, como siempre lo hacía. Pero yo me levanté de la cama y me asomé por la puerta del cuarto. Supe que era ella por su perfume, uno dulce, como de flores, que ella usó desde que era jovencita, porque mi abuela es muy coqueta y aunque es viejecita, se pone perfume.
Volví a la cama y me quedé ahí, sin atreverme a salir. Tenía miedo. La escuché recorrer la casa. Pasó por la sala y el comedor, enderezando algunos adornos, como siempre lo hacía. Moviendo un poco las sillas. Tarareando por lo bajo, con su vocecita gastada, una antigua canción que le gustaba mucho porque era la melodía que había bailado con el abuelo cuando se casaron, hace como sesenta mil años. Se detuvo al pie de las escaleras y dudó un poco en subir. Siempre se había quejado de que esos escalones eran muy altos para ella. Imaginé su mano, de dedos retorcidos por la artritis, apoyándose en el barandal.
Comenzó a ascender por la escalera, lentamente, con mucho esfuerzo, respirando pesadamente. Yo podía escuchar sus pies que se arrastraban de un peldaño a otro. No me atrevía a moverme ¿Y si venía a mi cuarto? Claro que venía a mi cuarto. Escuché cómo se acercaba. Se detuvo unos momentos como para tomar aire, y siguió adelante por el pasillo. Se paró en el umbral puerta. El olor del perfume de flores era ahora mucho más fuerte, casi mareaba. Yo apreté mucho los ojos, no quería mirar.
Mi abuela entró a mi cuarto y se aproximó a mi cama. Yo me hundí entre las cobijas. Y sentí perfectamente cómo apartaba suavemente el cobertor y encontraba mi cabeza. Me tocó la cara y me estremecí. Su mano estaba fría, muy fría. Después me revolvió el peló, como siempre lo había hecho desde que yo era pequeña.
Su mano se retiró y volvió a acomodar las cobijas. Salió de mi habitación y el aroma de su perfume se debilitó, pero quedó un poco suspendido en el aire. Mi abuela pasó por el cuarto de mis papás, se detuvo ahí un segundo y luego se alejó por el pasillo… (Continuará)
miércoles, 14 de octubre de 2009
Cuento de Emilio S. (5 años)
Había una vez una reina y un dragón. La reina vivía en un castillo y el dragón atrás de unas montañas de calor.
La reina, que se llamaba Esmeralda, tenía un esposo llamado César. Era un caballero rey del castillo y estaba muy triste porque lo habían mandado a defender su castillo y dejaría sola a su reina.
El dragón quería robarse el dinero y las gemas del rey y por eso atacaba el castillo. El rey y sus caballeros estaban defendiendo el castillo y querían atrapar al dragón, pero no pudieron porque se fue volando a su hogar y lo bueno fue que no pudo robarse las gemas ni el dinero.
Otra vez regresó el dragón para robarse las gemas y el dinero, y creyó que sí podía, pero no. El rey y sus hombres ya pudieron atraparlo y lo ataron con cuerdas y lo mataron.
Al final, la reina se quedó muy contenta porque su rey la defendió. Ya no le daba miedo que un dragón apareciera en el castillo.
Fin.
La reina, que se llamaba Esmeralda, tenía un esposo llamado César. Era un caballero rey del castillo y estaba muy triste porque lo habían mandado a defender su castillo y dejaría sola a su reina.
El dragón quería robarse el dinero y las gemas del rey y por eso atacaba el castillo. El rey y sus caballeros estaban defendiendo el castillo y querían atrapar al dragón, pero no pudieron porque se fue volando a su hogar y lo bueno fue que no pudo robarse las gemas ni el dinero.
Otra vez regresó el dragón para robarse las gemas y el dinero, y creyó que sí podía, pero no. El rey y sus hombres ya pudieron atraparlo y lo ataron con cuerdas y lo mataron.
Al final, la reina se quedó muy contenta porque su rey la defendió. Ya no le daba miedo que un dragón apareciera en el castillo.
Fin.
jueves, 1 de octubre de 2009
martes, 29 de septiembre de 2009
"Crepúsculo" Primera parte Gabriela A.
Vampiros
¿Quién no ha oído hablar de Drácula? La famosa historia creada por el novelista irlandés Bram Stoker en 1897 ha trascendido en forma de películas y como influencia para otros libros como Crepúsculo, hasta nuestros días. Se dice que el origen de Drácula se remonta al siglo XV con las historias del príncipe rumano Vlad Tepes, o Vlad “El Empalador”; este personaje histórico era conocido por su crueldad y por su gusto para torturar y matar por diversión y placer. Además, siendo hijo de Vlad Drácul (que quiere decir “Diablo” en rumano), adquirió su famoso nombre al agregar la terminación ulea (que quiere decir “hijo de” en rumano) al nombre de su padre, dando como resultado el famoso nombre de Drácula que significaría, por tanto, “hijo del Diablo”. Todo lo anterior, terminó por darle a Bram Stoker la idea general de lo que hoy todos conocemos como Drácula o como el estereotipo de vampiro, que el Pequeño Larousse Ilustrado define como “cadáver que, según la superstición popular, sale de su tumba para chupar la sangre de los vivos.”.
Algunas de las características principales que poseía el personaje ficticio de Stoker eran: apariencia y actitud seductora, fuerza sobrehumana, la capacidad de alterar el clima, debilidad causada por la luz solar, repulsión a los crucifijos, necesidad de ingerir sangre humana como única alimentación y la necesidad de dormir sobre tierra traída de su lugar natal dentro de un ataúd.
Por otro lado, Stephenie Meyer escribió Crepúsculo, una novela de amor entre un vampiro y una joven común y corriente. Obviamente, Meyer tuvo que basarse en el personaje de Stoker para crear a Edward Cullen (personaje principal de la novela y vampiro), pero hizo una serie de ajustes al personaje con lo que cambió el estereotipo mundial de un vampiro. Edward no sufría debilidad alguna al ser expuesto a la luz solar, no temía a los crucifijos, no necesitaba dormir en un ataúd y finalmente no necesitaba alimentarse de sangre humana.
Drácula y Edward Cullen poseían, sin embargo, características importantes en común; siendo las principales la fuerza sobrehumana y la capacidad de ejercer una seducción y atracción física enorme sobre otras personas, siendo extremadamente bien parecidos a pesar de sus ojeras y palidez. Parece que una característica esencial de los vampiros sería destacar entre las demás personas por su “superioridad” en cuanto a habilidades, bienes materiales y cualidades físicas.
¿Quién no ha oído hablar de Drácula? La famosa historia creada por el novelista irlandés Bram Stoker en 1897 ha trascendido en forma de películas y como influencia para otros libros como Crepúsculo, hasta nuestros días. Se dice que el origen de Drácula se remonta al siglo XV con las historias del príncipe rumano Vlad Tepes, o Vlad “El Empalador”; este personaje histórico era conocido por su crueldad y por su gusto para torturar y matar por diversión y placer. Además, siendo hijo de Vlad Drácul (que quiere decir “Diablo” en rumano), adquirió su famoso nombre al agregar la terminación ulea (que quiere decir “hijo de” en rumano) al nombre de su padre, dando como resultado el famoso nombre de Drácula que significaría, por tanto, “hijo del Diablo”. Todo lo anterior, terminó por darle a Bram Stoker la idea general de lo que hoy todos conocemos como Drácula o como el estereotipo de vampiro, que el Pequeño Larousse Ilustrado define como “cadáver que, según la superstición popular, sale de su tumba para chupar la sangre de los vivos.”.
Algunas de las características principales que poseía el personaje ficticio de Stoker eran: apariencia y actitud seductora, fuerza sobrehumana, la capacidad de alterar el clima, debilidad causada por la luz solar, repulsión a los crucifijos, necesidad de ingerir sangre humana como única alimentación y la necesidad de dormir sobre tierra traída de su lugar natal dentro de un ataúd.
Por otro lado, Stephenie Meyer escribió Crepúsculo, una novela de amor entre un vampiro y una joven común y corriente. Obviamente, Meyer tuvo que basarse en el personaje de Stoker para crear a Edward Cullen (personaje principal de la novela y vampiro), pero hizo una serie de ajustes al personaje con lo que cambió el estereotipo mundial de un vampiro. Edward no sufría debilidad alguna al ser expuesto a la luz solar, no temía a los crucifijos, no necesitaba dormir en un ataúd y finalmente no necesitaba alimentarse de sangre humana.
Drácula y Edward Cullen poseían, sin embargo, características importantes en común; siendo las principales la fuerza sobrehumana y la capacidad de ejercer una seducción y atracción física enorme sobre otras personas, siendo extremadamente bien parecidos a pesar de sus ojeras y palidez. Parece que una característica esencial de los vampiros sería destacar entre las demás personas por su “superioridad” en cuanto a habilidades, bienes materiales y cualidades físicas.
domingo, 20 de septiembre de 2009
"El elevador" de Santiago B.
No hay situación más simple ni más cotidiana que la típica espera por el elevador, uno aguarda, después lo monta y se va, situación que no dura más de unos 2 minutos, ya haciendo estipulaciones exageradas.
Uno pica un botón en la pared, éste se prende y comienza la espera, aguarda en un cuartito, una pequeña sala, o tal vez en un lobby o una estancia poco más grande o más pequeña, el tamaño es lo de menos.
Un ruidito anuncia por fin que la caja gris llegó, la señora corre (por decir alguien), disimulando caminar y se abalanza a ocupar la mejor plaza dentro del cubo metálico, no sin antes haber picado otro botón, éste para indicar el piso al que se desea ir. Es aquí cuando empieza lo verdaderamente interesante. Las demás personas que comparten el elevador no saben qué hacer; una tamborilea los dedos, otra quizá se tambalee un poco sobre sí o cruce los brazos, a veces una musiquilla que no resulta masque molesta acompaña los pensamientos de los elevadorcistas, que no hacen otra cosa más que pensar, el elevador es el típico ejemplo de lo que hacen con sus vidas, pero pensar tanto es en realidad no pensar, y no pensar esto o contradecirlo resultaría absurdo, díganme si no, ustedes lectores, porque el que vive es el mejor pensador, y aquellos elevadorcistas no viven, no piensan.
El elevador es la vida a escala, y aunque resulte increíble es cierto, el elevador es un ejemplo de lo que hacemos con nuestras vidas. Y es como la vida misma, unos suben, otros llegan, uno mismo se va, pero regresa, tal vez a otro elevador, tal vez después de un minuto, 20 pisos ó 3 años pero uno vuelve, se sube de nuevo, se reencuentra con personas que ya vio en otros elevadores, pero después vuelve a esperar, aguarda de nuevo sin pensar…
…Finalmente llegó, de nuevo un “rin” anunció su llegada, ¿A qué? ¿Por eso tenía prisa?, para salir de la incomodidad de tener al fin un pequeño espacio para vivir, para observar, no ver, a los demás elevadorcistas, las demás personas que rodean su mundo. Se baja sin mirar a los demás y continúa su camino a donde ni ella sabe donde.
Cada día llegan y llegan más personas, casi todas ansiosas por bajarse, pero digo casi porque de vez en cuando se sube una persona que realmente vive, a veces cada minuto, a veces cada 20 pisos o hasta cada 3 años. Yo intento ser una de aquellas que cuando le toca esperar, subir, volver a esperar, y bajarse lo hace por vivir, pero no voy a mentir, he sido de aquellos elevadorcistas que sólo piensan y no lo viven, por eso mencioné la palabra “intento”. Y analizando de nuevo, recapitulando, que es la vida sino subirse a un elevador, luego a otro y a otro y a otro…
Uno pica un botón en la pared, éste se prende y comienza la espera, aguarda en un cuartito, una pequeña sala, o tal vez en un lobby o una estancia poco más grande o más pequeña, el tamaño es lo de menos.
Un ruidito anuncia por fin que la caja gris llegó, la señora corre (por decir alguien), disimulando caminar y se abalanza a ocupar la mejor plaza dentro del cubo metálico, no sin antes haber picado otro botón, éste para indicar el piso al que se desea ir. Es aquí cuando empieza lo verdaderamente interesante. Las demás personas que comparten el elevador no saben qué hacer; una tamborilea los dedos, otra quizá se tambalee un poco sobre sí o cruce los brazos, a veces una musiquilla que no resulta masque molesta acompaña los pensamientos de los elevadorcistas, que no hacen otra cosa más que pensar, el elevador es el típico ejemplo de lo que hacen con sus vidas, pero pensar tanto es en realidad no pensar, y no pensar esto o contradecirlo resultaría absurdo, díganme si no, ustedes lectores, porque el que vive es el mejor pensador, y aquellos elevadorcistas no viven, no piensan.
El elevador es la vida a escala, y aunque resulte increíble es cierto, el elevador es un ejemplo de lo que hacemos con nuestras vidas. Y es como la vida misma, unos suben, otros llegan, uno mismo se va, pero regresa, tal vez a otro elevador, tal vez después de un minuto, 20 pisos ó 3 años pero uno vuelve, se sube de nuevo, se reencuentra con personas que ya vio en otros elevadores, pero después vuelve a esperar, aguarda de nuevo sin pensar…
…Finalmente llegó, de nuevo un “rin” anunció su llegada, ¿A qué? ¿Por eso tenía prisa?, para salir de la incomodidad de tener al fin un pequeño espacio para vivir, para observar, no ver, a los demás elevadorcistas, las demás personas que rodean su mundo. Se baja sin mirar a los demás y continúa su camino a donde ni ella sabe donde.
Cada día llegan y llegan más personas, casi todas ansiosas por bajarse, pero digo casi porque de vez en cuando se sube una persona que realmente vive, a veces cada minuto, a veces cada 20 pisos o hasta cada 3 años. Yo intento ser una de aquellas que cuando le toca esperar, subir, volver a esperar, y bajarse lo hace por vivir, pero no voy a mentir, he sido de aquellos elevadorcistas que sólo piensan y no lo viven, por eso mencioné la palabra “intento”. Y analizando de nuevo, recapitulando, que es la vida sino subirse a un elevador, luego a otro y a otro y a otro…
"El día en que los relojes se detuvieron" de Sofía S.
El día en que los relojes se pararon, la vida comenzó, los hombres dejaron de preocuparse y el agua fluyó vivazmente otra vez. El día en que los relojes se detuvieron, el empresario se dio cuenta que era padre, la madre se dio cuenta de que era mujer, y el niño recordó que lo unicornios existían. Cuando los relojes dejaron de avanzar, la gente se preguntó qué eran esas tiras de papel teñidas de distintos colores y estampados, que se encontraban dentro de sus bolsillos. Los relojes pararon y la gente escuchó seres que cantaban y vio destellos en el cielo. El día que los relojes se pararon, la vida comenzó, los hombres dejaron de preocuparse y el agua fluyó vivazmente otra vez.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

