Franco es un hombre que a toda costa quiere evitar, o en cualquier caso, posponer al máximo plazo toda responsabilidad o forma de vida que le atribuya la irreversible condición de adulto. Aunque no lo admite así, le tiemblan las rodillas cada vez que oye sobre temas como el horario fijo de oficina; ni hablar del temible matrimonio, atadura permanente. Sin embargo, no puede evitar el rápido acercamiento a lo inevitable. El tiempo corre. Los honorarios no permiten la evasión de impuestos, los intereses de la renta suben a porcentajes preocupantes, ya no hay ratos libres para leer todos los libros que querría, ni amigos dispuestos a improvisar espectáculos callejeros para recaudar fondos para viajes de hostal, y la novia no puede sino ser engañada bajo la supuesta pronta aparición de un anillo. A sus 26 años el reloj ser ríe de su ingenuidad; 8 más y probablemente tenga las primeras canas.
Hijo único de dos padres poco convencionales. Una madre obsesionada con los sapos de jardín, por los cuales hacía persecuciones exhaustivas sobretodo en estación de otoño, y con los que tenía una colorida y vasta colección para la que perfeccionó la técnica de disección existente. Nerviosa, adicta al café, y cariñosa sólo en los días de calor.
Un lector empedernido por padre. De mano y mirada dura, tras sus anteojos retrógradas; trabajador perfeccionista y muy solitario. Ambos se engañaban tras un largo tiempo de llama de amor irremediablemente apagada, y aunque lo hacían con toda la discreción del mundo, irónicamente se encontraron en cuarteto bajo las luces sublimes del mismo bar inglés. Pero la vergüenza les duró poco, y como se guardaban un cariño inmenso, decidieron sí separarse mas no dejarse de ver, sino juntarse cada fin de semana con sus respectivas parejas para celebrar la belleza de la vida con un buen anís.
En su reducido departamento, pretende alejarse física y moralmente de sus psicodélicos padres y de los tortuosos fines de semana de su infancia, con clases de tango y piano, con pasionales encuentros de amor –eso sí, fieles sin lugar a dudas- y tras una cámara que porta día y noche para capturar los momentos y los escenarios del mundo el cual quiere recorrer completo, y aunque sea a duras penas, ganarse la vida de paso. Una vida de fotógrafo relajada, sin necesidad de atenerse a la asquerosa rutina de la mayoría de los seres humanos, aferrándose hasta con los dientes a no madurar nunca. De todas formas, ¿cuál es la prisa? Hay que vivir tranquilamente.
Franco se levanta a las doce del día, con la intensa luz que ha hecho su entrada a través de las cortinas, con la cabeza adolorida y pesada por la noche anterior (vaya noche), se viste con unos jeans y tenis cómodos -muy a su estilo-, además de su indispensable herramienta de trabajo colgada sobre el pecho, y sale campante de su hogar para dirigirse a la sesión de fotos que le hará a una mujer ricachona fuera de la catedral del centro.
No le ha dado tiempo de desayunar, pero en el camino compra un té helado y una cajetilla de cigarros. Avanza a paso acelerado sobre la lateral de la avenida, atento a los detalles que merezcan un flashazo. De pronto llama su atención una niña que está jalando obstinadamente la falda de su abuela para conseguir cualquier cosa y decide fotografiar su carita peculiar, tierna pero a la vez amenazante, con ojos verdes almendrados y una barbita que complementa sus facciones finas y bien marcadas, un vestido de flores y huaraches blancos, flaquita pero con una panza tan pronunciada como la de una yegua desnutrida. Toma la foto con ángulos perfectos, antes de reemprender su camino a paso ahora más acelerado.
En el momento justo en que vuelve a enfundar su caro aparato, sus ojos pasan de largo un terrible desnivel de la banqueta, y en cuestión de segundos, su pie izquierdo se tuerce en la mala pavimentación, su cámara sale del control de sus manos debiluchas, cayendo centímetros delante de su cuerpo horizontalmente desplomado; un peatón distraído la patea y por impulso animal Franco se abalanza sobre ella en el límite banqueta-calle; un bocho manejado por una inexperimentada conductora golpea su costilla izquierda; la caja torácica completa se comprime, aplastando hasta la muerte sus órganos más vitales y dejando a un Franco temeroso de la madurez y del paso del tiempo sin más preocupaciones que la pena de su alma contrita.
II
Franco va caminando por la lateral de la avenida, té helado en mano y cigarro a punto de encenderse, cosa que normalmente no haría sino hasta después de su cita de trabajo, pero de plano esta mañana no puede evitar tal aplazamiento por la ansiedad que le provoca su fuerte cruda. Con manos temblorosas y cámara bien puesta, prende su cilindro letal y se lo fuma inhalando fuertemente; lo tira antes de asegurarse que esté bien consumido, y cae sobre un montón de basura con el que un vagabundo ha delimitado su espacio vital. Tras unos pasos, la letalidad del cigarro sale a flota encendiendo en un instante el pequeño hábitat del hombre desafortunado. Se extienden rápidamente las llamas hasta los pies de Franco, convirtiendo a nuestro personaje en un chamuscado que ni siquiera después de diecisiete cirugías logra recuperar su forma humana, es abandonado por una novia acobardada y se ve obligado a regresar a los brazos de mamá para ser atendido e incluso acariciado en los días de calor por una piel con olor a sapo de otoño. Franco se deprime al ver su vida perdida antes de haber podido extender hasta el punto máximo su juventud, y después de cuatro otoños, se consume como un cigarro hasta quedarse eternamente dormido.
III
A la vecina gorda de Franco se le han caído unas monedas de la bolsa sin darse cuenta, dentro del elevador del departamento donde viven, y honestamente Franco no se siente buen ciudadano tras haber amanecido en las condiciones en que lo hizo, por lo que decide no abrir la boca y quedarse las monedas para hacer uso del autobúsen lugar de caminar un par de kilómetros hasta llegar a su sesión de fotos con la cuarentona guapa. Como no puede fumar dentro del camión, Franco se ahorra la cajetilla matutina y de paso el té helado, porque un minuto más y su tardanza se vuelve inaceptable.
Franco mira a través de la ventana. El día está despejado, muy bonito. Muchas aves vuelan alrededor de las calles, qué raro. Unas cuantas paradas para que el pasajero se baje en la gran catedral y se encuentre con la mujer a la que va a fotografiar. Ella es muy puntual, pero esta vez se le hace tarde. Él se queda contemplando el paisaje y la hermosa arquitectura del lugar. Aunque su ritmo es tranquilo, pronto se impacienta. No le gusta esperar porque empieza a tener la sensación de que el tiempo lo aplasta y de convertirse en un diminuto bicho impotente. Le da un fuerte vértigo y se estremece por dentro. Se tapa los oídos como para bloquear la horrible sensación. La catedral empieza a girar sobre su eje y luego en torno a Franco, él enloquece temporalmente, en un periodo suficiente para ocasionar que por el inevitable tambaleo, un joven que viene sobre su patineta a toda velocidad pierda el control de su móvil por tratar de esquivar al ente inestable, y se estrelle como una res contra la columna derecha del edificio eclesiástico, quedando en condición permanente de bulto. Bulto despedazado.
Franco no logra expulsar la culpa que lo aqueja ni con miles de pesos en terapias, y su remordimiento se vuelve tal, que decide fundar, con el dinero que su mamá ganó con su técnica perfeccionada de disección en unos laboratorios importantes, una asociación para niños atropellados, y en algunos casos, estrellados. Su novia se queda tan admirada por la obra bondadosísima de su príncipe azul, que le propone matrimonio a él, a sabiendas de que con tantos proyectos y compromisos en mente (y quizá algunos miedos por ahí), le impedirían concentrarse en asuntos de clase semejante, pero sin conocer que el posible miedo es en realidad un pavor incontenible a adquirir el título definitivo de cónyuge en madurez, camino directo a la tumba. Tan es así, que en el momento de la propuesta, Franco se atraganta con la cereza de su bebida, la cual se queda atorada sólo pudiendo desplazarse en un tramo esófago-tráquea; el mesero del restaurant intenta aplicarle la maniobra de Heimlich sin tener ninguna experiencia previa, y en lugar de salvar al desdichado, le incrusta un dedo inusualmente musculoso justo en el bronquio izquierdo, asfixiándolo y llevándolo a una muerte segura, enviudando prematuramente a la novia estupefacta y librando al pobre Franco de sus miedos fatales.
IV
Cuando está a punto de salir de su casa en dirección al centro de la ciudad para su sesión de fotos a las doce con quince, ve que ha recibido una carta, cosa inusual. La abre torpemente y lee la invitación que la casa productora donde trabajó algún día le ha hecho para encargarse del making of de una película francesa a unos meses de salir a los cines. Es tan increíble la oportunidad de trabajo que Franco no lo puede creer. Se sabe un excelente fotógrafo, sumamente creativo, pero no puede evitar sorprenderse ni aplacar la emoción que empieza a invadirlo desde los pies. Su primer trabajo formal. El viaje a Francia cubierto, equipo verdaderamente profesional, un presupuesto bastante decente, y él a cargo de todo. Actores…bueno, no muy conocidos. ¡Ya quién le importa! Él podrá diseñar el detrás de cámaras como le plazca, y está seguro que será una revolución para el mundo cinematográfico.
Con lo volátil que es su mente, empieza a imaginarse viviendo en un callejón parisino, muy bohemio el asunto, donde todos los artistas han encontrado su inspiración. Cafés, librerías, exquisitas boulangeries, arquitectura y paisajes excepcionales,y no puede evitar pensar en alguna belleza francesa que pueda cruzar su errante camino. France, l’amour de ma vie.
Estando de ese lado, seguramente nada lo traerá de regreso. Ganancias en euros, qué más puede pedir. Entonces se figura pasándose a la dirección de escenas teatrales. Sí, esa debe ser su vocación. Impulsar artistas a la cumbre del éxito, manipulando cada uno de sus movimientos, como si estuviera ideando a cada momento la toma perfecta.
Extrañamente, seguida de esa escena gloriosa aparece en su cabeza la de un Franco mayor, de la mano de un niño güero (no a la neoyorquina sino a la francesa), caminando por las calles empedradas bajo un hermoso atardecer. Más extraño aún, Franco no se perturba con esta imagen sino que le provoca una leve sonrisa.
Las campanas que anuncian la llegada del camión de basura a su colonia lo hacen volver los pies a la tierra. Por lo pronto, no puede dejar plantada a su cliente. Avienta la carta al sillón verde de la sala-comedor y sale disparado de su departamento, saltando ridículamente y avergonzando a su vecina gorda que también está por salir y lo mira desde su retrovisor. Franco decide coger la bicicleta que está guardada en la bodega del estacionamiento, porque siente unas ganas inmensas de ir a toda velocidad y experimentar altas dosis de adrenalina. Le queda un poco chica, pues la cuenta entre sus primeras posesiones importantes, desde la última navidad en que fue lo suficientemente ingenuo como para seguir creyendo que un gordo barbón vestido de rojo les traía regalos a todos los niños que se portaran bien, excepto a los que pedían limosna en el semáforo a dos cuadras de su casa.
A pesar de la incómoda posición, casi como si estuviera sentado de chinito sobre su vehículo miniatura, Franco va disfrutando más que nunca el viento sobre su cara y el sol que le quema la piel. Sin percatarse en lo absoluto, evita un desnivel en la banqueta, el encendimiento de un cigarro letal, la espera frente a una majestuosa y asesina construcción virreinal, el atragantamiento con una cereza nada inocua y un sinfín de posibles realidades que se encuentran paralelamente interpuestas en una dimensión infinita, listas para sobrevenir en el mundo de los mortales cada vez que Franco tome una decisión nueva en su vida.
Franco deja la bicicleta recargada contra una barda de piedra justo antes de doblar la esquina hacia el lugar acordado -donde la mujer ya está esperando, con su falda hasta los talones, llamativa como toda ella, volteando aquí y allá en búsqueda de su fotógrafo impuntual-, ycamina hacia delante, enfrentándose a lo inevitable, que parece reírse de él a cada paso que da.
Por: Amapola
Espacio en donde encontraremos ejemplos del ejercicio de creación literaria de los alumnos
Dirígete a http://www.asunciondemexico.com/
jueves, 5 de enero de 2012
miércoles, 4 de enero de 2012
Un gran misterio de Paulina Maceda 4o A
Un día, saliendo de la escuela, estaba caminando para mi casa con mis amigas y estábamos oyendo ruidos y eran unas personas que se mudaron a una casa que era antigua. Mis amigas y yo fuimos a visitarla después de 2 horas. Entramos a la casa y subimos por las escaleras rotas, ¡olía a puro humo! Nos tropezamos con mucha paja y nos empezamos a asustar un poco, pero no encontramos a nadie.
Luego nos dimos cuenta que la casa estaba vacía y nos fuimos. Al otro día volvimos a regresar y sentíamos que alguien estaba atrás de nosotras y nos espantamos muchísimo porque oíamos como ladridos y los gritos se oían del sótano. Bajamos con mucho cuidado y abrimos una puerta y los gritos desaparecieron. Le di la mano a mi amiga Regina y estaba temblando de puro miedo y… cuando dimos un paso… caímos rodando por las escaleras, porque estaba oscuro, el lugar estaba lleno de rejas. Nos dimos cuenta al momento de que todo lo que tocábamos era reja. De repente oímos los gritos tan cerca, que nuestros oídos se quedaron sordos por unos momentos, y salimos corriendo muy asustadas y como pudimos. Casi llegando a la puerta, un señor con muchas arrugas en su cara nos preguntó ¿niñas, han visto un pequeño gatito?, nuestro grito fue tal, que duró hasta llegar a casa.
Ahora que paso todos los días de regreso de la escuela, por esa casa, taro de no pensar en lo que viví ahí dentro.
Luego nos dimos cuenta que la casa estaba vacía y nos fuimos. Al otro día volvimos a regresar y sentíamos que alguien estaba atrás de nosotras y nos espantamos muchísimo porque oíamos como ladridos y los gritos se oían del sótano. Bajamos con mucho cuidado y abrimos una puerta y los gritos desaparecieron. Le di la mano a mi amiga Regina y estaba temblando de puro miedo y… cuando dimos un paso… caímos rodando por las escaleras, porque estaba oscuro, el lugar estaba lleno de rejas. Nos dimos cuenta al momento de que todo lo que tocábamos era reja. De repente oímos los gritos tan cerca, que nuestros oídos se quedaron sordos por unos momentos, y salimos corriendo muy asustadas y como pudimos. Casi llegando a la puerta, un señor con muchas arrugas en su cara nos preguntó ¿niñas, han visto un pequeño gatito?, nuestro grito fue tal, que duró hasta llegar a casa.
Ahora que paso todos los días de regreso de la escuela, por esa casa, taro de no pensar en lo que viví ahí dentro.
viernes, 4 de noviembre de 2011
Natalie R.
A lo mejor es demasiado tarde para todo esto. Pero no puedo evitar pensar que a lo mejor, muy dentro de ti, y con la ayuda de mucha suerte logres perdonarme. Decirte que no fue mi intención y que todo esto fue producto de un error estaría de más, porque tanto yo como tú, sabemos que estaría mintiendo y no nos llevaría a nada. Antes de comenzar esta carta, si así se le puede llamar, tenía tantas cosas que decirte. Las repasaba todas una y otra vez. Mientras iba a la escuela, mientras iba a mis clases. Quise ignorarlo pero supongo que tu recuerdo empezó a tener un peso diferente cuando me di cuenta que eras lo primerito en mi cabeza al despertar y lo último antes de dormir. Te llevaba conmigo a todos lados. Sé que sabes que me dio miedo. ¡Te juro que lo intenté! A lo mejor me faltó dar un poquito más aquí que allá, pero te juro que siempre quise lo mejor para ti. A lo mejor bajo mis términos. Me embargó el miedo de pensar que cuando voltearas hacia atrás yo no fuera más que un recuerdo olvidado en un baúl vacío. Y es por eso que antes caminábamos bajo el mismo cielo, y ahora son tan diferentes. Lo siento muchísimo. No sé en qué palabras ponerlo. No sé de cuántas maneras decirlo. No te ato a mi corazón, o más bien, dejo de hacerlo en este momento para que puedas volar alto y escojas lo que es mejor para ti. Me enseñaste que sobran las palabras cuando se tratan de explicar los sentimientos que se encuentran dentro de nuestro corazón, y es por eso que no espero una respuesta de tu parte pues bajo mis términos no merezco nada más que el silencio. Jamás dudes que te quise. A lo mejor a mi manera. La manera que no te gustó, la manera que odiaste. Ojalá que encuentres a alguien más que te quiera. Y esta vez, asegúrate de que sea a tu manera. Bajo tus términos. Bajo tus requerimientos, que aunque lo niegues, sé que los tienes. Pues yo encajé en ellos como un mal molde. Y aunque te lo dije muchas veces, no quisiste escucharme o simplemente no lo creíste pertinente. Fue de los dos lados, eso sí que jamás se te olvide. A lo mejor tú me querías mucho y sentías que a mí no me importaba nada. Pero la que acabó perdiendo fui yo. Nadie más que yo. Porque cuando tú te fuiste y me dejaste, la que se quedó a recoger los pedazos de todo esto fue otra. Cada loco con su tema.
Te deseo lo mejor y tanta felicidad como la que siempre te deseé. Pero esta vez Alejo sí que se acabó. Nada de cuentos de princesas, sino de realidad. Caminamos por líneas paralelas y ya no doblaré mi vida ni mi ser para que converjamos. Al acabar esta carta, nos acabamos nosotros. Ya nos consumimos. Adiós. Adiós. Adiós.
La tomé entre mis manos y sonreí. Tan perfecta, tan hermosa. Era la esencia pura de Talyah. Su sonrisa. Representaba el momento perfecto en el que nos encontrábamos: una felicidad embriagante. Fue justo el día que decidimos estar juntos, una promesa eterna. ¿Salí bien? preguntó. Siempre, le dije y la besé. Ven, te llevo a tu casa. Manejé feliz por las calles de Siena, feliz de tenerla a mi lado. Paramos en su casa y le entregué la foto. Es un regalo le dije. Dámela, dijo mientras me la arrebataba suavemente de la mano. Agarró una pluma y garabateó sobre la superficie. Leía "Para que nunca se te olvide" ¿Ésta noche? pregunté. Todo, me dijo. El ahora y que te amo. La besé mientras guardaba la fotografía. Qué distante se veía todo aquello. El departamento ahora era de los dos o más bien lo habíamos compartido por dos años. La casa que alguna vez me recibió calurosa ahora no era más que la vívida imagen de un recuerdo. Sin ropa. Deshecho. Un desastre. Se había llevado todo. Su clóset estaba vacío. El escritorio estaba intacto de los cajones, pero su superficie era un desastre. La tele no estaba. Los libros yacían tirados por toda la habitación. Un gesto de apuro para ella, un gesto de tristeza para mí. Un gesto de indecisión por su parte. Un gesto de dolor para mí. Faltaban muchas cosas pero una más importante que todas: ella. No había caso en negarlo. Sí me estaba pasando a mí. Caminé abatido por el departamento, caminando entre los escombros, con la cabeza cabizbaja. La lámpara yacía rota. El álbum de fotos vacío, todo regado por doquier. Moví mi mano entre ellas y ahí es cuando la vi. La foto. El recuerdo. La realidad. Me quedé observándola sobre la superficie. Toda pisoteada y sucia. Su sonrisa. ¿Qué había cambiado? Leí: "Para que nunca se te olvide." ¿Todo? pregunté. Todo, me respondió ella. Todo. ¿Qué te fuiste de mi vida? Que me hiciste alejar. Jamás lo olvidaré. Guardé la fotografía en mi saco.
Te deseo lo mejor y tanta felicidad como la que siempre te deseé. Pero esta vez Alejo sí que se acabó. Nada de cuentos de princesas, sino de realidad. Caminamos por líneas paralelas y ya no doblaré mi vida ni mi ser para que converjamos. Al acabar esta carta, nos acabamos nosotros. Ya nos consumimos. Adiós. Adiós. Adiós.
La tomé entre mis manos y sonreí. Tan perfecta, tan hermosa. Era la esencia pura de Talyah. Su sonrisa. Representaba el momento perfecto en el que nos encontrábamos: una felicidad embriagante. Fue justo el día que decidimos estar juntos, una promesa eterna. ¿Salí bien? preguntó. Siempre, le dije y la besé. Ven, te llevo a tu casa. Manejé feliz por las calles de Siena, feliz de tenerla a mi lado. Paramos en su casa y le entregué la foto. Es un regalo le dije. Dámela, dijo mientras me la arrebataba suavemente de la mano. Agarró una pluma y garabateó sobre la superficie. Leía "Para que nunca se te olvide" ¿Ésta noche? pregunté. Todo, me dijo. El ahora y que te amo. La besé mientras guardaba la fotografía. Qué distante se veía todo aquello. El departamento ahora era de los dos o más bien lo habíamos compartido por dos años. La casa que alguna vez me recibió calurosa ahora no era más que la vívida imagen de un recuerdo. Sin ropa. Deshecho. Un desastre. Se había llevado todo. Su clóset estaba vacío. El escritorio estaba intacto de los cajones, pero su superficie era un desastre. La tele no estaba. Los libros yacían tirados por toda la habitación. Un gesto de apuro para ella, un gesto de tristeza para mí. Un gesto de indecisión por su parte. Un gesto de dolor para mí. Faltaban muchas cosas pero una más importante que todas: ella. No había caso en negarlo. Sí me estaba pasando a mí. Caminé abatido por el departamento, caminando entre los escombros, con la cabeza cabizbaja. La lámpara yacía rota. El álbum de fotos vacío, todo regado por doquier. Moví mi mano entre ellas y ahí es cuando la vi. La foto. El recuerdo. La realidad. Me quedé observándola sobre la superficie. Toda pisoteada y sucia. Su sonrisa. ¿Qué había cambiado? Leí: "Para que nunca se te olvide." ¿Todo? pregunté. Todo, me respondió ella. Todo. ¿Qué te fuiste de mi vida? Que me hiciste alejar. Jamás lo olvidaré. Guardé la fotografía en mi saco.
Anatomía de un espíritu de Inés Rangel
Una figura demasiado delgada para los ojos de los demás. Una figura demasiado grande ante los ojos de un espejo.
Se preocupa por la opinión que los demás tendrán de su complexión, de un juicio banal que la sociedad le impuso, ante la posibilidad de un rechazo.
Y lo hace, la sociedad opina de ella, pero no dice nada, por un temor a decir lo incorrecto y ella caiga más y más.
Sucumbe profundamente en su enfermedad; en ese miedo irracional de lo que se dirá o de lo que no se ha dicho. Su físico no es el mismo ante su opinión y la de los demás.
Un semblante que, con el paso de los días, se va demacrando poco a poco y dejando un simple trapo de piel, colgando de unos huesos débiles, que no parecen tener ninguna función, mas que la de un gancho.
Una fragilidad tan grande como el tamaño que se ve reflejado en el espejo.
Se preocupa por la opinión que los demás tendrán de su complexión, de un juicio banal que la sociedad le impuso, ante la posibilidad de un rechazo.
Y lo hace, la sociedad opina de ella, pero no dice nada, por un temor a decir lo incorrecto y ella caiga más y más.
Sucumbe profundamente en su enfermedad; en ese miedo irracional de lo que se dirá o de lo que no se ha dicho. Su físico no es el mismo ante su opinión y la de los demás.
Un semblante que, con el paso de los días, se va demacrando poco a poco y dejando un simple trapo de piel, colgando de unos huesos débiles, que no parecen tener ninguna función, mas que la de un gancho.
Una fragilidad tan grande como el tamaño que se ve reflejado en el espejo.
martes, 25 de octubre de 2011
LIBRO: MARTES CON MI VIEJO PROFESOR
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RESEÑA DEL CÍRCULO DE LECTURA ASUNCIÓN
En este libro se narra la relación que existe entre un alumno y su profesor, quien le da lecciones de esperanza, amor y solidaridad.
El profesor Morris era un doctor en sociología con más de 30 años como catedrático, a los setenta le detectaron Esclerosis lateral amiotrófica (ELA), mortal, se pierde el control de los músculos progresivamente y a pesar de ello decide intentar vivir con dignidad, valor y humor.
El estudiante Mitch, al terminar la universidad, se dedica a su profesión como columnista, escribía libros, programas de radio y algo de televisión, sobre todo, temas de deportes. Al cabo de 16 años se reencuentra con su profesor, quien le pregunta si comparte su corazón, si está aportando algo a su comunidad, si está en paz, si procura ser humano y a partir de ahí empieza su última asignatura sobre el Sentido de la Vida, que recibía a partir de la experiencia.
Morris decía que morirse era sólo una más de las cosas que nos entristecen, vivir infelices es otra cosa y mucha gente vive infeliz sobre todo por seguir la cultura que la sociedad, en lugar de aportar sentido a su vida, dedicándose a amar a los demás y dejar entrar el amor. Y en los momentos de tristeza, llorar, tocar fondo, pero fijar un límite de autocompasión para después seguir adelante. Si creyéramos que vamos a morir estaríamos verdaderamente más comprometidos con la vida, aprender a morir es aprender a vivir y vivir con todas las emociones, dejar que penetren a fondo, así es como se es capaz de dejarlas. Si contienes las emociones, si no te permites a ti mismo llevarlas hasta el final, nunca podrás llegar a estar desligado; estarás demasiado ocupado con tu miedo, miedo al dolor, miedo a la pérdida de un ser querido, miedo a la vulnerabilidad, etcétera.
El Profesor en el transcurso de su enfermedad fue siempre positivo porque dejó de lado la cultura que marca que uno tiene que ser independiente y no necesitar de nadie y así fue como empezó a disfrutar de su dependencia para todos sus movimientos y disfrutar del cariño de los que lo rodeaban, a sus setenta y ocho años estaba dando como adulto y recibiendo como niño.
Decía Morris en sus últimos días de vida “Perdónate a ti mismo y perdona a los demás no tiene sentido guardarse la venganza ni la terquedad ni el orgullo sólo así se está uno en paz”. Mientras podamos amarnos y recordar el sentido de amor que hemos tenido, podemos morirnos sin marcharnos del todo nunca. Todo el amor que has creado sigue allí. Todos los recuerdos siguen allí, sigues viviendo en los corazones que has conmovido y que has nutrido mientras estabas aquí. Al morirse se pone fin a una vida, no a una relación personal.
RESEÑA DEL CÍRCULO DE LECTURA ASUNCIÓN
En este libro se narra la relación que existe entre un alumno y su profesor, quien le da lecciones de esperanza, amor y solidaridad.
El profesor Morris era un doctor en sociología con más de 30 años como catedrático, a los setenta le detectaron Esclerosis lateral amiotrófica (ELA), mortal, se pierde el control de los músculos progresivamente y a pesar de ello decide intentar vivir con dignidad, valor y humor.
El estudiante Mitch, al terminar la universidad, se dedica a su profesión como columnista, escribía libros, programas de radio y algo de televisión, sobre todo, temas de deportes. Al cabo de 16 años se reencuentra con su profesor, quien le pregunta si comparte su corazón, si está aportando algo a su comunidad, si está en paz, si procura ser humano y a partir de ahí empieza su última asignatura sobre el Sentido de la Vida, que recibía a partir de la experiencia.
Morris decía que morirse era sólo una más de las cosas que nos entristecen, vivir infelices es otra cosa y mucha gente vive infeliz sobre todo por seguir la cultura que la sociedad, en lugar de aportar sentido a su vida, dedicándose a amar a los demás y dejar entrar el amor. Y en los momentos de tristeza, llorar, tocar fondo, pero fijar un límite de autocompasión para después seguir adelante. Si creyéramos que vamos a morir estaríamos verdaderamente más comprometidos con la vida, aprender a morir es aprender a vivir y vivir con todas las emociones, dejar que penetren a fondo, así es como se es capaz de dejarlas. Si contienes las emociones, si no te permites a ti mismo llevarlas hasta el final, nunca podrás llegar a estar desligado; estarás demasiado ocupado con tu miedo, miedo al dolor, miedo a la pérdida de un ser querido, miedo a la vulnerabilidad, etcétera.
El Profesor en el transcurso de su enfermedad fue siempre positivo porque dejó de lado la cultura que marca que uno tiene que ser independiente y no necesitar de nadie y así fue como empezó a disfrutar de su dependencia para todos sus movimientos y disfrutar del cariño de los que lo rodeaban, a sus setenta y ocho años estaba dando como adulto y recibiendo como niño.
Decía Morris en sus últimos días de vida “Perdónate a ti mismo y perdona a los demás no tiene sentido guardarse la venganza ni la terquedad ni el orgullo sólo así se está uno en paz”. Mientras podamos amarnos y recordar el sentido de amor que hemos tenido, podemos morirnos sin marcharnos del todo nunca. Todo el amor que has creado sigue allí. Todos los recuerdos siguen allí, sigues viviendo en los corazones que has conmovido y que has nutrido mientras estabas aquí. Al morirse se pone fin a una vida, no a una relación personal.
miércoles, 5 de octubre de 2011
La foto perfecta
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Se escuchó el sonido del disparador. ¡Clic! ¡Clic! ¡Clic! Y aún no lo lograba. Carajo, murmuré para mis adentros. Relájate me dijo Silvia, sino jamás lo vas a lograr. Es que jamás lo voy a lograr, ése es el maldito problema. Vale, ¡cálmate! sino las cosas no salen como uno quiere. Pero es que ya llevo toda la maldita tarde aquí. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Se disparó mi frustración. Me senté en el piso, en la colina que daba hacia el Canal de Rideau, sintiendo el pasto entre mis dedos. Dejando el armatoste de lado. Una bandada de pájaros, un señor montando bicicleta, un perro bebiendo agua, una familia patinando. Oportunidades perdidas y los suspiros de Silvia. No te estreses me dijo, ni te enojes, así me pasaba al principio. Pero ahora ya no te pasa jamás le dije, todas son perfectas. Pero antes no lo eran, tuve que aprender y ensayar, como tú. ¡Es que no se puede! Salen movidas, o fueras de foco, o muy cerca, o sin color, luego muy lejos, jamás se ven perfectas. Vislumbré el armatoste que yacía a mi lado. A lo mejor si la vuelvo a ajustar, pensé. La tomé entre mis manos y comencé a jugar con los botones, fríos a mi tacto. Algunos botones ni sabía para qué eran, qué horror. Piqué todos los conocidos y los no tan familiares. La dejé a mi lado y voltée a contemplar el canal. ¡Pum! Un flashazo de luz. Tomé la cámara sorprendida, debí de picar algo sin darme cuenta. Y ahí estaba. El enojo y la frustración reflejados en mi cara, y también la tranquilidad del paisaje. La foto perfecta.
Interior por Natalie R.
Dios mío, qué diferente era. Podía ver todo pero a través de ojos verdaderamente diferentes. Jamás imaginé estar en esta méndiga posición. ¡Qué horror! Me sentía enjaulado. ¡Baj! ¡Pero qué decía! ¡Si sí estaba enjaulada! Me arrepentí de alguna vez haber presenciado semejante atrocidad y no haber hecho nada al respecto. Escuché los pases mucho antes de ser capaz de ver tal imagen, era como en una película de terror, me morí de miedo. ¡Clic! ¡Clic! ¡Clic! Sonaron sus dedos golpeando contra el cristal. ¡Pero mira qué bonita eres! Casi me desmayo. Abrió la tapa y sentí una ráfaga de aire fresco. Respiré profundamente. ¡Ay! ¡Pobre de ti! ¿Por qué no me dijiste que no respirabas? ¿Y cómo carajos querías que te lo dijera? pensé. No me tardo me dijo, déjame traerte unas cosillas para que estés más cómoda. No dudo que fuera a traer cosillas si este lugar era diminuto, casi no podía no moverme. Tranquilízate me dije a mí misma. Pensemos me dije mientras volteaba hacia lo que alguna vez fue mi cielo y ver si podía escapar. Aún podía leer la etiqueta del envase, bueno sólo la parte final: font. En el medio de la botella todavía se apreciaba el pegote de la etiqueta que arrancaron vilmente. La tapa blanca estaba cerrada y podías ver diminutos agujeros por los cuales pasaba el aire. Suspiré, pero qué calor hacía. El fondo del envase no era plano, por lo que mis pies quedaban desnivelados y me cansaba más rápido parada que sentada. Por lo menos podía ver a través de ella, mi prisión en el mundo real. La botella era corrugada de los lados. Valía la pena el intento. Nadie por aquí, nadie por allá y esta personilla se les va a escapar. Y así comencé a trepar.
martes, 20 de septiembre de 2011
Trabalenguas de cuarto de primaria

La tijerilla brilla de noche y de día porque es una pilla como una ardilla.
El correcaminos corre por el ferrocarril, por el ferrocarril corre el correcaminos.
En el lago vagabundo va un vago tragando un pez.
Un pez tragando va un vago vagabundo en el lago.
Paco Picotazo dio un picotazo a Pico Picoteado. Pico Picoteado devolvió el picotazo a Paco Picotazo quien cayó con un pico picoteado. Pico picoteado cayó con Paco Picotazo.
Si tu gusto no gusta del gusto que gusta mi gusto qué disgusto se lleva mi gusto al saber no gusta del gusto que gusta mi gusto.
Diego Arrazola Beltrán

Estaba dormido aquel sujeto que apenas y se reconocía entre las sábanas revueltas, el olor a sudor revelaba una noche intensa. Llena de pesadillas. En su buró yacían cuatro frascos diferentes con medicina dos tenían una etiqueta que decía “día” y los otros decían “noche” , acompañados de una botella de agua. El hombre al despertar, automáticamente, con destreza, se llevó dos pastillas de un frasco a la boca, después se llevó otra pastilla de otro frasco a la boca y por último, sorbió un gran trago de agua con esfuerzo. Se levantó y se vio al espejo musitando el día, mes y año en que se encontraba. Al llegar a la Empacadora Lagardere, donde trabajaba, le extrañó la presencia de cinco Renault Scenic pertenecientes a la Policía de Mónaco estacionados. Se estaba investigando el homicidio del subgerente encargado de la empacadora. “¡Señor Paul! ¡Señor Paul! ¿Me permite unas palabras con usted?” Así lo recibió un oficial en el preciso momento que cruzó la puerta que daba hacia los vestidores. Era él uno de los principales sospechosos. (Paul odiaba su trabajo, era tedioso, no tragaba a sus compañeros y le pagaban mal. Lástima que debido a sus problemas de salud tenía limitado su campo laboral.) Todos los trabajadores sospechaban de él, fruto de su antipatía y aislamiento.
La seguridad en Mónaco es algo serio, incluso, es sorprendente la ausencia de corrupción. Paul no se mostró más amable de lo que era con sus compañeros y con la gente en general, causó una impresión dudosa de su inocencia. Mientras le hacían preguntas por más de una hora, a un kilómetro de ahí, registraban su casa para buscar alguna pista que lo relacionara con el homicidio. Era el primer día de trabajo de uno de los investigadores, su inexperiencia resultaría fatal para Paul. En si, la casa era pequeña y estaba muy pobremente amueblada, esto hablaba de un hombre vacío. El detective nuevo, Jean, acompañado de Angélique que ya llevaba cinco años como detective, registraron la casa, empezaron por la sala y sólo encontraron un sillón maltratado y una mesa con un cenicero con una montaña de cigarros que no habían sido fumados enteros, la mayoría llegaba a la mitad. En la cocina encontraron recetas de medicamentos por todos lados, eran medicamentos, sin duda, nada comerciales. “Este hombre tiene un problema de salud, y es fuerte” le dijo a Jean mientras éste se acordaba de que tenía que usar guantes para investigar. Angélique encontró una pistola de alto calibre guardada en uno de los compartimientos de la cocina, “Tenemos un posible culpable” comentó. Subieron las escaleras, Angélique recibió una llamada a su teléfono móvil, en lo que tomaba la llamada, Jean decidió que lo mejor sería buscar pistas en el cuarto de Paul, se sentó en la cama destendida y vio a su alrededor “¿En qué momento pensé que ser detective sería divertido?” pensó. Jean notó los frascos medicinales en el buró, los abrió y examinó minuciosamente las pastillas, eran todas iguales, no notaba la diferencia entre un medicamento y otro… “¡Jean, ya encontraron al culpable, nuestro trabajo aquí terminó!” El susto del grito hizo que se cayeran los medicamentos que sostenía,” Sí, en seguida bajo…” dijo mientras intentaba acomodar las pastillas en su frasco correspondiente, pero en realidad sólo fracasó en el intento, guardó las pastillas sin importar el frasco en el que pertenecían.
“Disculpe las molestias Señor Paul” decía el oficial mientras Paul se alejaba murmurando algo que no se le entendía. Se dio un anuncio en la empacadora de que se había encontrado al culpable, se les pidió a todos que regresaran a su trabajo y que no dejaran que el incidente afectara a su rendimiento. Al final del día otro aviso se les dijo: “Como bien saben, cada año se eligen siete trabajadores al azar para que asistan a la fiesta anual de la Empacadora Lagardere que se llevará a cabo mañana en el Casino de Montecarlo, en breve daremos los números de matrícula de los ganadores” A Paul no le interesaba en lo más mínimo, no le gustaban los lugares con mucha gente. A la hora de registrar su hora de salida la administradora reconoció su nombre y le preguntó si estaba feliz por ser uno de los elegidos a ir a la fiesta anual. Paul no contestó, sólo gruñó y regresó a su casa.
Dos días después entraba Angélique a la casa de Paul, había uniformados por todos lados, en el piso de la cocina Paul yacía muerto con un charco de sangre a su lado, se encontraba la misma pistola que Angélique había encontrado en el compartimiento de la cocina en su mano “Oficial, ¿cuáles son los hechos?” Le preguntó a su subordinado. “Paul Baptiste Candau, 39 años, el olor notificó su presencia al perro del vecino, según balística y los forenses, se disparó al anochecer, llevaba una bolsa del Casino de Montecarlo con ganancias de hasta un millón, sus compañeros de trabajo aseguran que nunca lo habían visto actuar de forma tan extraña, durante la jornada de trabajo estaba todo alterado, uno comentó que le extrañó que al ver cómo uno de sus superiores lo felicitaba por su energético trabajo, Paul reaccionó de manera violenta como si lo hubieran regañado… ” Fue noticia en todos los medios, “Hombre sale millonario del casino y se suicida al llegar a su casa” titular del periódico. A Angélique le obsesionaba la idea, no podía entenderlo. Investigó el expediente médico de Paul, se llevó una sorpresa cuando vio que a la edad de 25 había sufrido un fuerte trauma en un accidente en donde su esposa falleció, él sobrevivió pero con una fuerte conmoción en el cerebro que hizo que confundiera lo bueno con lo malo, una operación mental muy importante. Se le había recetado varios medicamentos muy fuertes, al leer sus nombres los reconoció de cuando fue por primera vez a su casa y vio las recetas en la cocina. Pidió que le hicieran una autopsia pero se rechazó su pedido puesto a que todo indicaba que se había suicidado, no había nada que averiguar. Ella seguía recordando lo que dijo el oficial en el reporte, que Paul se había ofendido cuando lo felicitaron, algo tenía que ver con su trauma. Angélique al día siguiente mientras le platicaba a otro detective de lo que había averiguado, el detective con sus instintos sugirió que podría haber pasado que Paul se hubiera equivocado de medicamento, Angélique negó su hipótesis, “un hombre con medicamentos tan fuerte no suele equivocarse” dijo. “A menos que alguien lo haya cambiado” sugirió el otro detective. “Eso es imposible, la única persona que estuvo en su cuarto fue mi compañero cuando lo registró…” “¡Perdón!” exclamó Jean, tirando el café que traía en su mano al sentarse en la misma mesa en donde estaban los dos detectives “Siempre he sido torpe con la manos…” Agregó el mismo Jean. Angélique volteó a verlo con asombro.
Natalie

El sonido de una ficha contra la mesa, un golpe seco. ¡Pum! Se escuchó el eco. El sonido de los dados. El sabor de una pérdida y una victoria. Pérdida. Aún la podía oler, aún la sentía entre sus brazos; parecía que tan sólo había sido ayer cuando se fue. ¿O si había sido ayer? Parecía que había pasado una eternidad sin ella. Disculpe señor, ¿sube la apuesta? Una carcajada. Sí, duplíquela, es más, cuadruplíquela. Claro que si señor, como usted desee. El sonido de la ruleta, el tintineo de unos vasos, un grito de emoción de alguien. ¡Ganó la ronda señor! ¡Ganó la ronda! ¿Disculpe? ¿Se retira o vuelve a apostar? ¿Cuánto gané? Trescientos mil dólares. La sorpresa. Una parte de él quiere retirarse, todo lo que podría hacer con ese dinero. Un viaje, un coche, ropa, una casa. La última vez que la abrazó. ¿Dónde estaba ella ahora? No importaba. Ella dijo que se iba para no volver y él le creía todo. Apuéstelo todo. P-pero señor, ¿si? Es mucho dinero, no es mi deber decirle esto, pero...ya lo sé muchacho. Ya lo sé; apuéstelo todo. Lo que él no sabía es que yo me estaba jugando mis penas y el olvido; a ver si de suerte las perdía entre apuesta y apuesta. El último te quiero se había tornado en humano, en un adiós mudo. Los gritos, los aplausos, los gestos de sorpresa. ¡Ganó! ¡Ganó! ¿Disculpe? ¡El pote es suyo, todo es de usted! Perdone, ¿cuánto era? ¡Un millón, señor! ¡Un millón! ¿Había escuchado bien? Estalló en carcajadas, primero nerviosas, y después de euforia, una carcajada real. Hacía mucho que no se sentía así. Por un momento se le había olvidado todo. Se sintió normal y por hacía días que no se sentía así, rodeado de gente y no en un cuarto abandonado, alejado de todo mundo, solo. Me retiro, se dijo. El sonido ahogado de los aplausos, el regreso del recuerdo. Un paso, su olor. Otro paso, sus abrazos. Otro paso, sus besos. Otro paso, su risa. Ya vislumbraba su calle, aunque se sentía caminar sobre arenas movedizas. Abre la puerta, el peso del dinero sobre sus manos. Todo lo que podría hacer con él, y nada con una cama vacía. La nota: me voy para nunca regresar. Él haría lo mismo. La felicidad no es nada sino se comparte. Un baúl de dinero lleno, y un frasco de pastillas vacío.
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