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jueves, 22 de agosto de 2013

Cuento

Sin encontrarme, aquí estoy. En algún un lugar en el espacio y en el tiempo sin ningún rastro de mi propia identidad. Volteo hacia un lado y miro mi reflejo. Tengo una nariz alargada, subrayada por un breve y delgado bigote (me da la impresión de haberme visto antes). Estoy sentado en una de las mesas del Café X. Es un establecimiento de madera y con espejos en las paredes en el que se sirve café con leche a las señoras desempleadas y café irlandés a las almas desesperadas; en una de las más recónditas esquinas de esta ciudad sobrepoblada de soledad. No tengo ni la menor pista de cómo, ni quién ni cuándo ni entonces ni nada sobre mí. Tan sólo unos borrosos y lejanos recuerdos casi ajenos, en los que aparezco en primera persona. Un niño sin padres ni juguetes, un estudiante más en la lista, un soltero desempleado, un músico frustrado... Una especie de remordimiento crece dentro de mí. Desesperado busco respuestas primero en el fondo de la taza vacía, y luego en los bolsillos de mi pantalón. No encuentro más que montones de letras en desorden. Guardo de nuevo las grafías en mis bolsillos y me voy a buscar a otro lado. Tomo mi abrigo y sombrero del perchero de la entrada y salgo del local. El sol está bajando. La calle es de piedra y hay gente caminando en diferentes direcciones. El sulfúrico olor a carbón que trae el humo de las fábricas en el viento me hace sentir una extraña nostalgia nauseabunda. Conozco estas calles. De pronto, algo me recuerda que en la bolsa interior del abrigo hay un artefacto que suelo usar para evitar el contacto con las personas desconocidas al encontrarlas en la calle, y para saber en qué posición me encuentro en relación al tiempo. Saco de ahí otro montón de letras, pero ahora más pequeñas: son cinco. Las acomodo en la palma de la mano, mientras empiezo a caminar apresurado hacia donde mis pasos me guían (sé a donde ir). El montoncito dice “jlore”. Intento distintas combinaciones sin dejar de caminar. “Orjle”, “rojel”, “leroj”, me acerco cada vez más. Es un reloj. Son las seis con cuarenta y nueve de la tarde. Sigo caminando, cada vez con más seguridad y ocultando mi desesperación con naturalidad. Me siento frágil como una hoja de papel. Avanzo dos cuadras de esta ciudad que me hace sentir incómodamente en casa, o que a penas estoy conociendo. Cruzando la calle paso enfrente de la cantina en la que todos los expresidentes de este país, vivos o muertos, se juntan a jugar cartas o billar una vez por semana. Al observarlo, aparece en mi cabeza otro de estos recuerdos al borde de la segunda persona donde, por alguna absurda coincidencia, entré a esta cantina y observé con el cinismo con el que, a pesar de todas sus diferencias ideológicas y rivalidades que tuvieron en vida o durante su gobierno, los expresidentes actúan ahora como grandes amigos de hace tiempo y bromean con el “yo nacionalicé esto, pues yo lo expropié, que tu partido y tu época, y que el mío y en mi siglo…” La calle siguiente sigue bloqueada por el movimiento de los manifestantes a favor de la abolición de la distancia. Cruzo por la algarabía de gritos y letreros con consignas absurdas y algo metafísicas, recibo algunos empujones existenciales y con dificultad logro llegar a la estación de tranvía. Después de darme cuenta de que, coherentes con sus objetivos, los manifestantes han bloqueado el transporte público, me veo obligado a seguir caminando, pero ¿a dónde? Unas cuadras más adelante, alcanzo a ver una plaza sin mucha gente. Llego a sentarme una banca junto a un árbol seco, e intento recordar más sobre este ser extraño que parece ser yo. Empiezan a surgir datos sobre mi presente, empiezo a saber casi con certeza quién soy, y me resulta aún más conflictivo que estar sin personalidad. Nací en junio y hablo muy poco, desde siempre. Por las mañanas tomo café sin azúcar y por las noches, ginebra sin medida. Las palabras que me ahorro como locutor, las aprovecho como escritor. A eso me dedico: soy escritor. Mi obra publicada no es nada proporcional a mi obra escrita. De vez en cuando he hecho reseñas para el periódico local y escrito en las páginas que no lee nadie; he vendido dos novelas cortas, un recuento de sonetos, entre otros textos que me han ayudado últimamente, junto con mi trabajo en la oficina de telégrafos, a pagar la renta del departamento en el que, a duras penas, logré acomodar todos mis libros y paso la mayoría de mi tiempo frente a la máquina de escribir o empuñando la pluma. Me doy cuenta de que no es realmente el reencuentro de mi identidad lo que me perturba, es sólo algo secundario. Hay algo más allá. Va mucho más lejos. De repente, una ráfaga de viento me levanta y me empieza a revolcar volando por toda la plaza, me mezcla con el polvo y me revuelve sin poderlo evitar. Termino por aterrizar un poco arrugado en el piso. Esto me hace notar algo más. No soy un hombre. El escritor se ha escrito a sí mismo en estas hojas de papel que ahora buscan su propósito. Es eso lo que soy. No un hombre, sino la proyección de un hombre de sí mismo: el mismo hombre, al fin. ¿Para qué lo hizo? ¿Para qué me hice? Debo encontrarlo. Encontrarme conmigo para descubrir mi propósito. Entro a la pieza en donde suelo trabajar en la oficina de telégrafos para buscar cualquier pista. Sobre el pequeño escritorio de trabajo se encuentra un cuaderno. Sostener su envoltura de piel me hace sentir de alguna manera seguro. Es aquí en donde he escrito algunas de mis memorias, mis pensamientos, mis historias. Es en estas hojas en donde entro a escapar de la soledad hundiéndome en ella, acompañado por nadie, por mi ser y mi alma. Siendo ahora un producto de esta desesperada huída de la realidad, temo abrirlo, no sé lo que podría encontrar, pero es el único enlace que tengo conmigo. Lo abro y de las páginas empiezan a salir incontables recuerdos, imágenes, personajes ficticios y reales, dibujos, letras, objetos, historias que se ponen en torno a mí y me observan. En la pequeña oficina a penas caben estos seres sin color ni vida nacidos de esta nostálgica explosión silenciosa. Un pintor árabe con bigote blanco que pinta ecuaciones matemáticas; una trabajadora de una fábrica de carbón; una niña que quiere tener una criatura mitológica como mascota a falta de amor maternal; un poeta suicida. La luz de una débil bombilla que cuelga del techo se alcanza a repartir entre cada uno de nosotros. “¿Cómo me encuentro? ¿Para qué fui escrito?” me atrevo a preguntar. La voz tan familiar de un niño triste, unísona con el resto de las cosas y unos violines gitanos de fondo, me dice: “Viajas del final al principio, en donde encontrarás el final. Tu propósito ya has cumplido y no estás lejos de encontrarte con él.” Mientras me alejo de la oficina de telégrafos y la música gitana va haciéndose cada vez menor en mi cabeza, saco de la bolsa de mi abrigo el pedazo de papel doblado que cayó al piso cuando abrí el cuaderno. Lo desdoblo: “¿Por qué? Para ponerle un fin a esta insomne agonía de un alma perdida en esta vida sin sentido.” Definitivamente es mi caligrafía. Mi preocupación crece, creo saber ya cuál es mi propósito, para qué me escribí. Aparentemente, los últimos años después de tantas depresiones etílicas, he estado perdiendo poco a poco, parte por parte, como una señora pierde la llave de su casa, las ganas de vivir. Algunas veces, las he perdido porque las dejé en la plaza el otro día, cuando no apareció la mujer que conocí en el Café X. Cuendo regresé, ya no estaban. Otras veces, cuando leo el periódico y me entero de las monótonas noticias de violencia, progreso, corrupción, todas iguales. La mayor parte, cuando me quedo solo, reflexionando, intentando aceptar mis fracasos, sin poder dormir y vaciando los vasos de ginebra, uno tras otro, hasta el amanecer. Pero otra parte de mí, sospecho, ha estado buscando una manera de salir de este hoyo, aunque sólo disponga de una pala. Usarla para escalar, en vez de seguir escarbando. Escribir, construir, crear una obra maestra que me ayude a salir de estos estancamientos como marea alta para un barco encallado. Para eso fui escrito. No puede haber otra razón. Mi propósito es sacarnos de ahí para avanzar, sin olvidar el pasado, sino viéndolo con otros ojos y sin la distorsión de la náusea existencial ni el alcohol, hacia un futuro con más color, más música. Pero él no quiere. Debo hallarlo. Sería absurdo preguntar a algún ser humano en dónde podría encontrarme, estando yo en frente de ellos. Así que acudo una vez más a mi poco confiable sistema intuitivo. Los demás escritos me dijeron que estaba avanzando un camino de su final a su principio, que sería su final. También, conociéndome, a estas horas de la noche estaría en mi departamento de renta, escribiendo o bebiendo, o ambas. Me dirijo hacia allá. Mis pasos conocen el camino, casi tanto como el camino a mis pasos. Voy lo más rápido que puedo, como quien va a recibir el barco en el que probablemente regresen sus seres queridos de la guerra, con una poderosa, pero ingenua esperanza. El viento sopla cada vez más fuerte y me dificulta el paso. Se acerca una gran tormenta. Al fin, casi alcanzado por las primeras gotas de lluvia, me encuentro enfrente a la puerta del departamento. Tengo la certeza de estar dentro. Pero he perdido la llave. He perdido la llave. No, esto no me detendrá. Me deslizo por debajo de la puerta y entro a la pequeña sala del departamento, en donde están todos mis libros y hay una mesa con una vela apagada. Afuera ya empezó a llover. Un relámpago ilumina el cuarto a través de una pequeña ventana y me hace sentir el estómago vacío. Estoy ahora frente a la puerta de la recámara en la que hay una cama, una silla y un escritorio con la máquina de escribir. Estoy del otro lado de esta puerta. ¿Qué espero? Abro la puerta con todas mis fuerzas, lo más rápido posible y tomo aire para gritar algo, lo que sea, cuando me encuentro con una escena más impactante y reveladora que cualquier expectativa que pude haber tenido. Un olor a pólvora me llega hasta el cerebro. Estoy sosteniendo un revólver con el cañón todavía caliente y humeante, frente a mí está mi propio cadáver, muy lejos de la putrefacción, con un balazo en el ojo izquierdo. Acabo de dispararle y cae sobre la máquina de escribir, escribiendo su muerte con sangre sobre las hojas de papel. Tengo en la mano la nota suicida que acabo de escribir. Sin entender lo que pasa, la leo: “Dejo aquí mi obra maestra, cumpliendo su propósito: su fin. Después de agotar toda vía de escape, de libertad, de concilio, no he encontrado otro remedio que terminar esta vida sin sentido, llena de fracasos, llena de nada, vacía. No me quedó más remedio que poner tierra sobre el hoyo en que he caí…” Ha triunfado. Acabo de darme un tiro. Lo maté a él. Me maté a mí. Estoy muerto.

jueves, 7 de febrero de 2013

Poema

Poema Un lienzo en blanco que ahora Es otro mundo, Más lejano y Más cercano. Un violìn Junto a un rostro. Dentro de este cuadro Que alguna vez fue mi mente. Donde ahora estoy solo, Atrapado en mi Llanto Son mis sueños y tus sueños Encriptados detrás de tus ojos rojos Siguiendo el estrecho camino que cruzan Mil làgrimas Que En Este Ocèano Oloroso Se Mantienen Exhaustas. Veo Mil Lunas Atadas A un Cabello Que perteneció a Joan Mirò, Mientras yo lo aprecio Su pintura se agrieta.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

"HOJA SUELTA" DEL IAM: Primer lugar en el Concurso de cuento corto del Consulado mexicano en Alemania. ¡Enhorabuena María C. Z.!

Hänsel y Gretel, el cuento favorito de Nichinel y su hermana Nichim. ¡Eran tan parecidos a ellos! Siempre iban juntos, el uno cuidaba de la otra y ella cuidaba a su hermano y así enfrentaban todo peligro, hasta la bruja más malvada, y siempre encontraban el camino a casa. Vivían en el tranquilo pueblo de Chilón, Chiapas, en una casita de teja y cemento, entre verdes montes a donde papá iba a cuidar la siembra todos los días. Aunque el padre de Hänsel y Gretel era leñador y una cabaña de madera en medio del bosque alemán era su hogar, ni a ellos ni a Nichinel ni a Nichim les sobraba el dinero, pero nunca les faltaba la esperanza. Mamá les contaba esa historia siempre, de los hermanos Grimm, que eran de un lugar muy lejano llamado ¿Alegría?, no, Alemania. Mamá sabía esa historia porque nació en ese lugar, fue a la escuela y luego viajó a México y se enamoró de ese lugar tan mágico como su hogar…decidió quedarse para siempre. Los campos de Alemania, contaba mamá, son de un verde brillante, amplias praderas decoradas con hermosas flores blancas acariciaban altas montañas. Nevaba en invierno y hermosos animales, grandes y pequeños, andaban libres por doquier. Mamá regresó a su patria hace meses, papá la extraña mucho y los niños también. -Mamá-le preguntó Nichim a su madre antes de despedirse-¿Me llevarás un día a Alemania para conocer a Gretel? Su madre con tristeza, porque iba a extrañar a su hija, contestó amable: “Alemania está muy lejos, hija. Pero yo sé que Gretel también te quiere conocer.” -¿La vas a traer contigo, mamá? Quiero que ella juegue conmigo- preguntó ilusionada Nichim, que quiere decir: “la flor”. Mamá no supo qué contestar. Una noche, papá salió con sus hijos. Iban al templo a rezar por mamá y agradecer por la vida. Nichim vestía sus enaguas de lana, su blusa blanca bordada con rombos multicolores e iba peinada con dos trenzas acabadas en listones rojos, tomó la mano de su hermano, tan apuesto con su pantalón de manta, su chaqueta de lana y su sombrero de palma decorado con cintas de colores; Nichinel, “el florecer”. A medio camino, papá se alejó mucho, iba con la demás gente del pueblo. Los dos hermanitos quedaron atrás, contemplando las brillantes estrellas que sonreían majestuosas en el cielo. “Como las piedras que guiaron a Hänsel y a Gretel a casa”, pensó Nichinel, y le dijo a su hermana: -No estamos perdidos, nunca lo estaremos. Así es, querido lector, el lazo de la hermandad, hay que cuidarlo siempre, nunca dejarlo romper. Pues ese lazo en la miseria y en la gloria vive siempre, un amigo, un hermano sí, vive siempre. Siempre encuentra una salida, siempre encuentra un final feliz.

lunes, 26 de noviembre de 2012

La vida de Kayla de María José Sánchez (primaria)

Mi nombre es Kayla Rea, nací en Bucarest, Rumania el 3 de noviembre de 1997, a las 5:56 p.m. Tengo 15 años y ésta es la mejor y más divertida vida que podría existir. Lo primero es que cuando tenía cinco años nos fuimos a vivir a Transilvania. ¡Ah, claro! no les he dicho cómo soy. Mi tez es pálida, tengo ojos muy verdes, pero entre pelirrojo y café, soy alta, inteligente y algunas personas dicen que soy bonita. Yo así lo creo. ¿Qué estaba diciendo? Ah, ´claro, entonces me fui porque a mi papá le ofrecieron ser catedrático de la Universidad de Brasov y nos ofrecieron vivir en el ¡castillo de Bran! o sea, el castillo del escritor de Dráculay el hogar del conde Draculea; en fin, este diario me lo regaló mi tía, de cumpleaños y he escrito desde el 5 de noviembre. Yo creo que el tener 15 es lo mejor del mundo, la fecha de hoy es 22-12-12. Mi amiga se llama Emra, sí, qué raro nombre, y mi amigo, Fritz, pzzt, típico rumano. No puede ser, Em me acaba de enviar un mensaje que dice que Brandon Bates, un chico australiano de mi clase, muy lindo por cierto, nos va a invitar a tomar café ¡qué emoción! Esperen, alguien me llama, aaaaaaaah, es él. Nos vemos en cinco minutos. Me voy a llevar mi diario. 5 minutos después El sujeto pregunta ¿podrían ir a mi fiesta de Navidad? Le voy a decir que sí, pero antes voy a ir al sótano para ver si hay vestidos viejos y bonitos; esperen, veo algo, ¡aasaaaah!Drácula está bailando con ropa setentera y capa amarilla fluorescente. El paso que hace es el del caballo. Yo lo miro fijamente y el conde dice ¿Qué no puedo hacerrrr algo moderrrrno? -La mañana siguiente... Hoy es la fiesta ¡wowowowowwuuuaaa! esta noche. ¡Este vestido es hermoso! ¿Qué? no he escrito en mi diario porque no me preguntó nada, sé que es más raro ver a Drácula bailando, o que me invite a su fiesta sin preguntarme nada ¡estoy furiosa! Fritz y Emra dicen que debo superarlo, fue en el pasado, no entiendo por qué lo dicen, a ellos no les ha pasado; bueno, como estoy enojada, no voy a escribir en cinco meses. 5 meses después Hola mundo. Está escribiendo este diario la nueva novia de Brandon, o sea, Kayla. En cuatro días será mi cumpleaños 16. 4 días después Cumplo 16, espero que mi tía me regale otro diario, estoy en el laboratorio del castillo, esperando a Drac para enseñarle sobre el siglo XXI, claro, porque él es del XVI. Adios, con amor. Kayla Rea

viernes, 23 de noviembre de 2012

Primer lugar en el Concurso de cuento corto del Consulado mexicano en Alemania. ¡Enhorabuena María C. Z.!

Hänsel y Gretel, el cuento favorito de Nichinel y su hermana Nichim. ¡Eran tan parecidos a ellos! Siempre iban juntos, él uno cuidaba de la otra y ella cuidaba a su hermano y así enfrentaban todo peligro, hasta la bruja más malvada, y siempre encontraban el camino a casa. Vivían en el tranquilo pueblo de Chilón, Chiapas, en una casita de teja y cemento, entre verdes montes a donde papá iba a cuidar la siembra todos los días. Aunque el padre de Hänsel y Gretel era leñador y una cabaña de madera en medio del bosque alemán era su hogar, ni a ellos ni a Nichinel ni a Nichim les sobraba el dinero, pero nunca les faltaba la esperanza. Mamá les contaba esa historia siempre, de los hermanos Grimm, que eran de un lugar muy lejano llamado ¿Alegría?, no, Alemania. Mamá sabía esa historia porque nació en ese lugar, fue a la escuela y luego viajó a México y se enamoró de ese lugar tan mágico como su hogar…decidió quedarse para siempre. Los campos de Alemania, contaba mamá, son de un verde brillante, amplias praderas decoradas con hermosas flores blancas acariciaban altas montañas. Nevaba en invierno y hermosos animales, grandes y pequeños, andaban libres por doquier. Mamá regresó a su patria hace meses, papá la extraña mucho y los niños también. -Mamá-le preguntó Nichim a su madre antes de despedirse-¿Me llevarás un día a Alemania para conocer a Gretel? Su madre con tristeza, porque iba a extrañar a su hija, contestó amable: “Alemania está muy lejos, hija. Pero yo sé que Gretel también te quiere conocer.” -¿La vas a traer contigo, mamá? Quiero que ella juegue conmigo- preguntó ilusionada Nichim, que quiere decir: “la flor”. Mamá no supo qué contestar. Una noche, papá salió con sus hijos. Iban al templo a rezar por mamá y agradecer por la vida. Nichim vestía sus enaguas de lana, su blusa blanca bordada con rombos multicolores e iba peinada con dos trenzas acabadas en listones rojos, tomó la mano de su hermano, tan apuesto con su pantalón de manta, su chaqueta de lana y su sombrero de palma decorado con cintas de colores; Nichinel, “el florecer”. A medio camino, papá se alejó mucho, iba con la demás gente del pueblo. Los dos hermanitos quedaron atrás, contemplando las brillantes estrellas que sonreían majestuosas en el cielo. “Como las piedras que guiaron a Hänsel y a Gretel a casa”, pensó Nichinel, y le dijo a su hermana: -No estamos perdidos, nunca lo estaremos. Así es, querido lector, el lazo de la hermandad, hay que cuidarlo siempre, nunca dejarlo romper. Pues ese lazo en la miseria y en la gloria vive siempre, un amigo, un hermano sí, vive siempre. Siempre encuentra una salida, siempre encuentra un final feliz.

Sin título

Sofía de Llano 07 de Agosto del 2012 Estiré mi cuerpo al sentir movimiento en la cama, levanté la cabeza y vi como mi humano comenzaba a levantarse de la cama. Con una sonrisa floja, acarició mi cabeza mientras yo movía mi cola suavemente de un lado a otro. Aprovechando el calor que mi humano había dejado en la cama, me moví rápidamente para que no se escapara. Poco a poco me fui metiendo dentro de las cobijas, dejado solamente mi nariz afuera. Escuché cómo ella movía telas y entonces supe que el rocío de aquel olor tan dulce y melancólico se acercaba. En cuanto salió, levanté mi nariz y aspiré con fuerza para meterlo todo en mi cuerpo, hasta que tuve que soltar por esa quemadura en mis pulmones que solo siento cuando mi humano me lleva a correr con otros de los míos. La seguí por toda la casa moviendo la cola para hacerle saber que estaba dispuesta a jugar y que hoy no se tenía que ir como todos los días lo hace. De repente se agachó, me miró a los ojos y me dijo "Kovalski pórtate bien". Sigo sin entender por qué me llama así. Desde que la conocí me dice Lizzy, es mas fácil saber que me habla si me dice así. Después de corretear ardillas por un rato, entré a la casa par esperar a mi oponente. Subí corriendo al cuarto de la ventana grande y me trepé a la cama de un salto, para tener mejor visión. De la nada, salió ese sonido que representa al hombre gordo que chifla y mete cosas a mi casa, fue entonces cuando corrí a la puerta y me puse en posición de ataque. Este día si lo tenía, solo tenía que abrir esa puerta... Comencé a ladrar para que me la abrieran y por fin terminar con mi rival, lo tenía todo planeado: brincarle encima, morderlo y gruñirle hasta que mojara sus pantalones. ¡Bum! Sentí como algo me golpeaba el torso. ¡Bum! ¡Bum! Otra vez. Paré de ladrar y vi cómo el periódico se levantaba para golpearme una vez más. Rápidamente lo esquivé y corrí hacia el jardín. Sería otro día, el de mi victoria. Me acosté en el pasto y observé a los pájaros comerse cosas raras que salían de las flores. Mi humano me da salchichas, yo no tengo que sacar nada de la tierra. Paré las orejas al escuchar su risa. En menos de cinco segundos ya estaba en la puerta ladrando de emoción y moviendo mi cuerpo sin control. ¡Sí! ¡Paseo, hora de paseo, hora de paseo! Entró y me saludó igual de emocionada que yo, a veces creo que no le gusta irse y sigo sin entender por qué lo hace todas. Mañana en la mañana moveré mas rápido la cola y tal vez de quede. Tal vez.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

En un pueblo todos duermen...

En un pueblo todos duermen, la luna ilumina los tejados de las casa blancas, ahora pintadas de un tímido azul. En un callejón se abre una puerta y sale una niña, pequeña, cándida; recorre con pasos rápidos el camino, lleva su vestido y sus calcetas enlodadas, toca con su mano los ladrillos mojados de las paredes por las que pasa. Se dirige a la plaza, muerta, al acercarse más los aullidos de los coyotes se hacen mas evidentes; las lámparas públicas, recién electrificadas, regresan del suelo el reflejo blanco que comparte con la luna en los charcos; pisa uno la niña y el reflejo tiembla, zozobra, cuando se calma la niña está ya lejos. Llega por fin a la plaza, vacía, afloja el paso, busca con la vista el poste de siempre y recarga su espalda contra él, cruza sus pies y se ciñe al metal con los brazos, esperando. El viento juega con su vestido, ya café, zapatea ritmos impaciente y el eco retorna hacia ella, se divierte con esto. De pronto se empiezan a oír los tambores: purum-pum-pum, purum-pum-pum, esta vez son cientos de ellos. El redoble inicia por la avenida principal que toca la plaza en su recorrido empedrado, inicia allá, al fondo. La avenida esta bien iluminada por los faroles pero la niña, desde su posición privilegiada, aún no puede ver nada. Los tambores se acercan, retumban en los muros y resbalan calle abajo; de pronto, al fondo del empedrado los faroles se apagan, uno por uno, empezando por el más lejano; se apagan al paso del redoble. La niña se aferra más fuerte al poste, aprieta la mandíbula, observa cómo la marcha invisible se acerca, los pasos salpican el agua de la calle. Los tambores tocan al máximo, están junto a la niña, el resonar es tal, que no entiende, como nunca ha entendido, como el pueblo todo duerme. Se deshebran sus dedos del poste, camina lento, cerrando los ojos hasta llegar en medio de la calle; toma un largo respiro, húmedo, se llena de la banda marchante. Al exhalar por última vez, el redoble para. Algún tiempo después, la niña abre los ojos, voltea a ver a la plaza, llena, emprende el camino a casa.

Verde

Amarilla pertenecía a la alta sociedad, sus padres, Enrique y María Antonieta la mantenían escondida de todo el pueblo debido a su inigualable belleza y delicadeza. En el mercado se escuchaban historias a cerca de esta niña, largos rizos dorados y ojos verdes como esmeraldas. Pero todos lo dejaban ahí, como chisme que era. Amarilla pasaba las horas leyendo antiguos filósofos, tocando el piano y escribiendo una que otra poesía. Soñaba, por las noches, sobre el mundo detrás de las rejas de su inmensa mansión. Esperaba a su príncipe, aquel valiente hombre que la sacaría de su miseria. Al cumplir los dieciocho años y darse cuenta de que dichoso príncipe jamás vendría por ella, decidió escaparse. Se escabulló dentro del cuarto de sus padres y buscó por todos los cajones, el tinte negro de cabello de su madre. Después de varios intentos, por fin consiguió esconder sus mechones dorados bajo una negra capa de cabello. Bajó a la cocina, escondiendo su cara con el mismo pelo y tomó prestado una de las gabardinas de sus sirvientas. Caminó por el sendero con paso apretado y la cabeza baja. Llegó a la caseta de los guardias y aclaró la garganta para señalar su llegada. "Pero, ¿Qué tenemos aquí?" dijo uno de ellos. "¿A caso eres nueva, pequeña ratita de coladera?" Amarilla asintió la cabeza furiosamente y logró pronunciar "Si, pero me han echado a la calle por mi torpeza" "Tal vez sirvas para algo mas" dijo el otro guardia con un tono oscuro entre sus palabras. Azul era el guardia más temido de todo el pueblo. Amarilla se encogió poco a poco sintiendo dentro de sus ser como algo la alarmaba. Después de un largo jaloneo, Azul logró meterla a su cabina. Se escucharon gritos u lloriqueos pero Azul no se detuvo. "¡Por favor, se lo ruego, se lo ruego!" Nueve meses después, Amarilla se encontraba tirada, temblando en posición fetal. Comenzó a sentir movimiento en su cuerpo y un dolor punzante en su vientre. Empezó a retorcerse y a gritar pidiendo ayuda, pero antes de que sus padres llegaran un pequeño engendro comenzó a salir de sus adentros. Se arrastró hasta estar completamente fuera. Amarilla se dio cuenta de que el color del bebé no era normal, era una combinación entre amarillo y azul. Fue entonces cuando notó la extraña coincidencia y decidió llamar a su hijo Verde.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Sofía

Estiré mi cuerpo al sentir movimiento en la cama, levanté la cabeza y vi cómo mi humano comenzaba a levantarse de la cama. Con una sonrisa floja, acarició mi cabeza mientras yo movía mi cola suavemente de un lado a otro. Aprovechando el calor que mi humano había dejado en la cama, me moví rápidamente para que no se escapara. Poco a poco me fui metiendo dentro de las cobijas, dejado solamente mi nariz afuera. Escuché cómo ella movía telas y entonces supe que el rocío de aquel olor tan dulce y melancólico se acercaba. En cuanto salió, levanté mi nariz y aspiré con fuerza para meterlo todo en mi cuerpo, hasta que tuve que soltar por esa quemadura en mis pulmones que solo siento cuando mi humano me lleva a correr con otros de los míos. La seguí por toda la casa moviendo la cola para hacerle saber que estaba dispuesta a jugar y que hoy no se tenía que ir como todos los días lo hace. De repente se agachó, me miró a los ojos y me dijo "Kovalski pórtate bien". Sigo sin entender por qué me llama así. Desde que la conocí me dice Lizzy, es mas fácil saber que me habla si me dice así. Después de corretear ardillas por un rato, entré a la casa par esperar a mi oponente. Subí corriendo al cuarto de la ventana grande y me trepé a la cama de un salto, para tener mejor visión. De la nada, salió ese sonido que representa al hombre gordo que chifla y mete cosas a mi casa, fue entonces cuando corrí a la puerta y me puse en posición de ataque. Este día si lo tenía, solo tenía que abrir esa puerta... Comencé a ladrar para que me la abrieran y por fin terminar con mi rival, lo tenía todo planeado: brincarle encima, morderlo y gruñirle hasta que mojara sus pantalones. ¡Bum! Sentí como algo me golpeaba el torso. ¡Bum! ¡Bum! Otra vez. Paré de ladrar y vi cómo el periódico se levantaba para golpearme una vez más. Rápidamente lo esquivé y corrí hacia el jardín. Sería otro día, el de mi victoria. Me acosté en el pasto y observé a los pájaros comerse cosas raras que salían de las flores. Mi humano me da salchichas, yo no tengo que sacar nada de la tierra. Paré las orejas al escuchar su risa. En menos de cinco segundos ya estaba en la puerta ladrando de emoción y moviendo mi cuerpo sin control. ¡Sí! ¡Paseo, hora de paseo, hora de paseo! Entró y me saludó igual de emocionada que yo, a veces creo que no le gusta irse y sigo sin entender por qué lo hace todas. Mañana en la mañana moveré mas rápido la cola y tal vez se quede. Tal vez.

En un pueblo todos duermen de A. Beltrán

En un pueblo todos duermen, la luna ilumina los tejados de las casa blancas, ahora pintadas de un tímido azul. En un callejón se abre una puerta y sale una niña, pequeña, cándida; recorre con pasos rápidos el camino, lleva su vestido y sus calcetas enlodadas, toca con su mano los ladrillos mojados de las paredes por las que pasa. Se dirige a la plaza, muerta, al acercarse más los aullidos de los coyotes se hacen mas evidentes; las lámparas públicas, recién electrificadas, regresan del suelo el reflejo blanco que comparte con la luna en los charcos; pisa uno la niña y el reflejo tiembla, zozobra, cuando se calma la niña está ya lejos. Llega por fin a la plaza, vacía, afloja el paso, busca con la vista el poste de siempre y recarga su espalda contra él, cruza sus pies y se ciñe al metal con los brazos, esperando. El viento juega con su vestido, ya café, zapatea ritmos impaciente y el eco retorna hacia ella, se divierte con esto. De pronto se empiezan a oír los tambores: purum-pum-pum, purum-pum-pum, esta vez son cientos de ellos. El redoble inicia por la avenida principal que toca la plaza en su recorrido empedrado, inicia allá, al fondo. La avenida esta bien iluminada por los faroles pero la niña, desde su posición privilegiada, aún no puede ver nada. Los tambores se acercan, retumban en los muros y resbalan calle abajo; de pronto, al fondo del empedrado los faroles se apagan, uno por uno, empezando por el más lejano; se apagan al paso del redoble. La niña se aferra más fuerte al poste, aprieta la mandíbula, observa cómo la marcha invisible se acerca, los pasos salpican el agua de la calle. Los tambores tocan al máximo, están junto a la niña, el resonar es tal, que no entiende, como nunca ha entendido, como el pueblo todo duerme. Se deshebran sus dedos del poste, camina lento, cerrando los ojos hasta llegar en medio de la calle; toma un largo respiro, húmedo, se llena de la banda marchante. Al exhalar por última vez, el redoble para. Algún tiempo después, la niña abre los ojos, voltea a ver a la plaza, llena, emprende el camino a casa.